Las revueltas en el mundo árabe se suceden una tras otra y estos días asistimos espantados a la reacción de un tipo como Gadafi ante las exigencias de su pueblo. Lo peor para los que tenemos memoria es que  recordamos que en otro tiempo, y por mucho menos, se bombardeó Libia, matando a uno de los hijos del propio Gadafi, mientras que hoy todo el mundo mira a otro lado prometiendo reuniones, asambleas, comités y todas esas cosas que se proponen cuando en realidad no se quiere hacer nada.

La impresión, la mía, es que Occidente tiene miedo. Tiene miedo a quedar mal haga lo que haga y a la certeza de que cualquiera que sea su reacción será en su perjuicio. Porque podemos seguir apoyando a las dictaduras hereditaras del mundo árabe, conservar nuestros contratos petrolíferos, mantener en sus puestos a los que mantienen alejados de nosotros a los radicales islámicos y olvidarnos de todo a cambio de desarrollo, buenos precios, y mano de obra barata. Podemos hacer eso y dejar claro de una vez que damos a todos los demonios la democracia, la libertad y los derechos humanos. Y será para nuestro mal, porque nuestra imagen ya está bastante desgastada por el apoyo incondicional a las tropelías israelíes y nuestro doble rasero como para permitirnos semejante lujo.

Podemos, también, apoyar esas revueltas, decir que los ciudadanos de los países árabes tiene los mismos derechos que cualquiera, intervenir para que no se masacre alpueblo y renunciar a las monarquías pro-occidentales de Jordania, Marruecos y Arabia Saudí. Perder el miedo a lo que pueda pasar con el petróleo, abrir nos mentalmente a sus puntos de vista y… rezar. Rezar lo que sepamos para que las recién nacidas democracias no voten a ayatolas más o menos enloquecidos, ansiosos por darnos por el saco.

En cualquier caso, tememos, unos a lo primero y otros a lo segundo.

Y en esta crisis, sólo estamos mostrando lo peor que podíamos mostrar: miedo.