¿A QUÉ SABE EL SILENCIO CÓMPLICE?

Cuando cierto general de Napoleón perdió en Rusia una batalla, trató de disculparse diciendo que se había puesto a llover justo cuando acaba de ordenar la carga de caballería, que el caballo de su ordenanza se rompió una pata impidiéndole transmitir importantes mensajes y que la munición de los cañones llegó dos horas tarde por culpa de una impensable riada. El Emperador frunció el ceño y destituyó al general de inmediato, diciéndole que entre sus mandos podía haber inútiles e ineptos, porque todo el mundo tiene un día malo, pero de ningún modo podía permitirse tener un general gafe.

Con Rajoy pasa lo mismo. Mariano, reconócelo: no has dado una. Estás en la oposición como podías haber estado en el palco, o en tu caso, más propiamente, en el gallinero.

Tienes las elecciones ganadas, las del 2004, te ponen una bomba y te quedas alelado. Y no eres capaz ni de hablar como debes, ni de callar como procede, ni encontrar en los meses que estuviste en funciones nada que refute la gloriosa tesis de los cuatro moros mangutas que de repente se vuelven ingenieros electrónicos. Tienes ahor una crisis de cojones y lo único que s ete ocurre es decir que no a todo, sin proponer nada, no vaya a ser que si propones algo se cabree alguien que te escuche o te dé una colleja un asesor de imagen.

Tienes tu partido lleno de mierda, pides a los demás la democracia interna que niegas en tu casa, te achantas con los mindundis, presentas canmdidatos que lo mismo pueden estar en las listas que en la Audiencia Nacional, y tratas de hacerte imprescindible por el curioso método de hacerte invisible. 

Con estas prendas ya da igual que seas un genio, el mejor estadista de todos los tiempos o un zoquete de solemnidad. Como poco, eres un gafe. Un cenizo de tres pares de narices. Y los gafes se largan diez minutos antes que los inútiles. Se largan cuanto antes, no sea que lo suyo se contagie. Que se contagia.

Rajoy, vete a casa. Lárgate cuanto antes y mira a ver si en tu partido tenéis algo más que inspectores de Hacienda y registradores de la Propiedad para presentar a las elecciones. Porque Zapatero era profesor en la Universidad de León. Era malo, un poco pelma, y de los que no acababan el temario, pero era profesor y algo sabía ya de manejar grupos, ¿pero cómo va a contactar con la gente un tío que se pasó la juventud opositando para ganarse los cuartos inscribiendo inmuebles en un legajo y buscando minucias en hijuelas polvorientas?, ¡Para eso votamos a Pepito Grillo!

Así no hay manera, señores. Mientras la izquierda sea el movimiento de los listillos, que roban, y matan, y entierran en cal viva, pero lo hacen por tu bien, y la derecha sea el partido de la alegría, del entusiasmo vital de los inspectores de Hacienda (como Aznar) o el proyecto ilusionante de los Registradores de la Propiedad (como Rajoy), seguiremos siendo el país del chiki-chicki.

Rajoy, lárgate ya, y que pongan en tu lugar a uno sin cara de sacristán. Sin cintura de tractor. Sin miedo a que le llamen fascista por decir que ya está bien de algunas cosas. Y sin esa suerte tuya de manzanillo, ese árbol del que dicen que hasta su sombra da reúma.

Perder dos veces contra Zapatero es como para hacerse el hara-kiri, hombre. ¡Qué menos!