Tortuosas ideas...

No nos engañemos: la izquierda, al menos la ilustrada, entiende perfectamente la diferencias entre déficit y gasto. Cuando escuchamos soflamas contra la reforma de la Constitución o leemos pancartas oponiéndose a esta “salvaje destrucción del gasto social” estamos ante los efectos del sistema educativo, no ante una opinión política razonada.

            Por supuesto, se puede reducir el déficit y aumentar el gasto social, o el gasto educativo, o el sistema de pensiones. Para hacerlo, simplemente hay que ingresar más vía impuestos, racionalizar el gasto actual, evitar la tentación de construir un aeropuerto en cada pueblo y comprender que el tren de alta velocidad, sólo asequible a los ricos, es un gasto que desembolsamos todos pero sólo aprovechan unos pocos. Pero el déficit es otra cosa: el déficit es lo que se gasta por encima de lo que se recauda, y está claro que puede ser necesario y hasta beneficioso en algunos casos, pero insostenible si se perpetúa.

            Sin embargo, la izquierda sigue empeñada, aquí y en otros países como Francia, en que limitar el déficit es un atentado social de primer orden. Desde su punto de vista es lógico, y la razón es ideológica. Parece un poco obtusa, pero trataré de explicarla:

            Cuando los presupuestos públicos tienen déficit, el Estado se ve en la obligación de financiarlo a través de emisiones de deuda pública. Por tanto, cuanto mayor y más continuada sea la costumbre de gastar por encima d elo que se ingresa, más bonos del Estado, Letras del Tesoro y Obligaciones habrá que emitir. ¿Y dónde está el secreto de que esto le guste tanto a la izquierda? Pues es sencillo: a través de la deuda pública, el Estado pasa a controlar el dinero de los particulares, y no sólo el de los presupuestos. La deuda pública es el mecanismo por el que el Estado se permite gestionar el dinero privado, sacándolo del mercado, para incorporaralo a sus presupuestos.

            Y eso es lo que le encanta a la izquierda, convencida de que debe ser el Estado y no los particulares quien gestione el mayor volumen posible de recursos.

            Por eso, cada vez que oyen hablar de limitar el déficit echan sus cuentas y descubren que eso sacaría de sus manos un montón de millones que ya no podrían repartir ni destinar a los que buenamente les apeteciera. El límite del déficit saca el dinero de sus manos, y eso, no la disminución del gasto, es lo que realmente les molesta.

            El resto, lo de las pancartas, los lamentos, y los quejidos, es puro folclore para forrajeo de los que sienten los colores y sólo eso.

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