la cosa tiene truco...

la cosa tiene truco...

Ni las luchas por el Poder suceden en el vacío, ni hay realmente vacíos de Poder – más que de una manera muy excepcional y por tan poco tiempo que los ejemplos disponibles se vuelven irrelevantes para el análisis. Por lo tanto, al iniciarse una actividad orientada a la conquista de una posición de Poder, la misma se hallará, por regla, ocupada. Esto significa que la conquista del Poder supone, en la enorme mayoría de los casos, desposeer de Poder a quien lo ha poseído hasta ese momento. Toda conquista de Poder presupone una abdicación.

 

 

Por otra parte, también es observable que la cantidad teóricamente disponible de Poder – el quantum de Poder – en un sistema político, para un momento determinado, es una magnitud no sólo finita sino, además, constante. La capacidad para incidir en el destino de un organismo político nunca es ilimitada. De serlo, se aproximaría y hasta podría llegar a confundirse con el Poder divino. Pero, siendo limitada, la experiencia demuestra que, además, es constante en el momento de la toma de una decisión política. El Príncipe – para llamar con su denominación tradicional al individuo que representa la máxima concentración de Poder dentro de un sistema u organismo político – no sólo no “puede” hacer cualquier cosa sino que, además, la cantidad de cosas que “se pueden” hacer, en absoluto, dentro de ese sistema u organismo son limitadas, siendo que la experiencia indica que la limitación, en un momento histórico determinado, es válida para todos los contendientes y resulta, por lo tanto, constante. ()

De lo anterior se sigue que, para que la lucha por el Poder sea posible en absoluto, una de las condiciones necesarias es que el Poder establecido no haya acaparado para si la totalidad del quantum de Poder disponible. Desde el momento en que, por lógica, hay que disponer de cierto Poder para luchar por una posición de Poder y desde el momento en que, como hemos visto, el quantum disponible en un sistema es limitado y constante, la condición previa y necesaria para que exista en absoluto la posibilidad de una lucha por el Poder es que quien lo ejerce no lo concentre en su totalidad. De suceder así – y éste es un objetivo al que tienden los sistemas hegemónicos en el orden internacional y los sistemas totalitarios en el orden interno – la lucha por el Poder se tornaría imposible puesto que, en un caso como éste, los enemigos del Poder establecido se quedarían sin capacidad alguna para luchar. De hecho, es muy raro, y acaso hasta prácticamente imposible, que alguien – sea individuo u organismo – logre concentrar realmente la absoluta totalidad del Poder disponible. Pero la tendencia existe y éste es, quizás, el primer riesgo a considerar por parte de los protagonistas de un sistema político, a saber: el riesgo de iniciar una lucha sin el mínimo indispensable de Poder; sin la “masa crítica” mínima necesaria para garantizar al menos alguna razonable probabilidad de éxito.

La lucha por el Poder y su eventual conquista se producen, pues, en un marco de las siguientes características básicas:

     

  • Posiciones de Poder preexistentes y establecidas.

     

     

  • Diversidad de competidores sobre el mismo objetivo.

     

     

  • Posibilidades de acción y de opción limitadas

     

     

  • Magnitudes de Poder constantes

     

     

  • Necesidad de una magnitud de Poder mínima para iniciar la acción.

     

Considerando las características básicas apuntadas (sin la pretensión de haber sido exhaustivos), los principales riesgos que cabe considerar son los siguientes:

     

  • Elegir al enemigo equivocado: Si bien el impulso primario para el que inicia una lucha por el Poder es considerar como enemigo al poseedor del Poder establecido; este impulso primario puede estar fundamentalmente errado. En la estructura de un Poder establecido siempre hay una dimensión formal (compuesta por la estructura que posee los atributos del Poder) y una dimensión real (formada por la estructura controladora de las capacidades concretas del Poder). A veces ambas dimensiones coinciden en una misma estructura. Frecuentemente, sin embargo, no sucede así. Uno de los riesgos es confundir atributos con capacidades, lanzando la ofensiva contra un Poder formal cuando, en rigor, el Poder real está en otra parte.

     

     

  • Elegir al aliado equivocado: Tanto la “masa crítica” para iniciar una lucha por el Poder como el quantum necesario para conservarlo, se obtienen frecuentemente mediante un – a veces muy complejo – sistema de alianzas. Es raro que el fuerte sea tan fuerte como para poder serlo en soledad. El sistema de alianzas puede estar orientado a lograr una determinada hegemonía (); o bien puede perseguir la búsqueda de un equilibrio entre las fuerzas antagónicas dejando a la fuerza propia en posición de tomar la decisión que producirá el desequilibrio en el “fiel de la balanza” (). Dentro de una constelación de alianzas, el riesgo es el de elegir a un aliado que resta más de lo que suma, puesto que al aceptar a un aliado se lo hará siempre con beneficio de inventario: junto con el aliado se aceptarán también, inevitablemente, todos los enemigos de ese aliado. De allí el antiguo proverbio oriental que dice: “el mejor de mis aliados es el más débil de mis enemigos“, puesto que – siendo el más débil de todos – es el que probablemente menos enemigos adicionales me acarreará.

     

     

  • Elegir el terreno equivocado: La lucha política puede ser planteada en diferentes terrenos, cada uno con sus respectivo arsenal de argumentos y recursos. La acción puede plantearse en el terreno de las ideas, doctrinas o ideologías; puede plantearse en el terreno de las estratificaciones sociales o clases que segmentan a la sociedad con una diversidad de intereses y aspiraciones; puede plantearse en el terreno de las ventajas o desventajas económicas que sirven de base a un bienestar general; puede estar planteada en términos de carisma o liderazgo personal; puede incluir reivindicaciones históricas y apelar – o no – a orgullos, filias o fobias etnoculturales y – sin haber pretendido agotar la lista – puede, incluso, plantearse con varios de los factores mencionados en proporciones variables. La cantidad de consenso, o mejor dicho: el quantum de Poder por consenso que se puede obtener en cada uno de estos terrenos suele ser sumamente variable. El riesgo aquí es plantear la lucha en un terreno de relativamente poco consenso – o con argumentos y herramientas poco aptas para lograrlo – dejándole al enemigo la posibilidad de cosechar todo el consenso remanente; a veces hasta “por descarte” y sin necesidad de realizar un gran esfuerzo.

     

     

  • Elegir el momento equivocado: Aunque resulte algo difícil de definir y de explicar, es sabido y universalmente aceptado que las situaciones políticas tienen la virtud de “madurar” (). Cuando es que una situación política ha madurado para la acción y cuando es que la misma resulta prematura o tardía, eso es algo que pertenece más a la esfera del arte de la política que a la esfera del análisis empírico. Es casi imposible dar reglas al respecto y, decididamente, el fenómeno no obedece a leyes naturales expresables en términos matemáticos. Lo concreto es que decisiones políticas absolutamente inviables en un momento determinado pueden llegar a ser instrumentadas con un grado aceptable de dificultad apenas una o dos décadas más tarde. A veces los consensos deben ser construidos progresivamente. A veces las situaciones desfavorables no son percibidas como tales hasta que no se logra un determinado grado de deterioro. A veces el prestigio del Poder establecido debe sufrir cierto desgaste para que se lo pueda desafiar con éxito. Cuando ninguno de los contendientes ha cometido un error, a veces hay que saber esperar a que el enemigo cometa el primero. En cualquiera de estas situaciones – y en una casi infinidad de otras que podrían citarse – la decisión del momento de actuar () resulta crítica. El riesgo, por consiguiente, es el de no percibir el momento adecuado – o de percibirlo mal – y actuar “a destiempo”, o sea: antes o después de la apertura de la “ventana de oportunidad”.

     

     

  • Elegir el método equivocado: Desde Maquiavelo – un autor que tiene muchísimos más partidarios que los confesados – sabemos que, en política, el éxito justifica los medios utilizados para obtenerlo (). El concepto es, incuestionablemente, amoral pero – al margen de la cuestión ética en la que aquí lamentablemente no podemos entrar – lo concreto y verificable en innumerables casos reales es que, si bien el éxito podrá justificar medios de dudosa moralidad, ningún fracaso justificará los métodos más puros y nobles al servicio de los ideales más excelsos. Hay pocas cosas más ingenuas en política que aquello de “ni vencedores, ni vencidos“. En política, como en cualquier actividad realmente competitiva, siempre hay vencedores y siempre hay vencidos, aun cuando el vencedor se comporte de un modo magnánimo y no humille o no elimine físicamente a los derrotados. El riesgo de elegir el método equivocado es sencillamente la derrota. Una derrota de la que costará tanto más recuperarse cuanto más Poder se hallaba involucrado en la disputa.