La III República y sus asesores de imagen
La idea de la República siempre me pareció atractiva. De hecho, sus bases ideológicas de igualdad entre los ciudadanos, sin un líder designado por voluntad divina, o incluso por voluntad popular pero con poderes extraordinarios, no acaba de convencerme ni me parece sostenible desde el punto de vista de la lógica.
En el caso concreto de España, la idea de la República tiene unos cuantos detractores por todo tipo demotivops, entre ellos por la buena imagen del rey actual. Confundir a un rey con una institució es un error de bulto, pero así son las cosas.
Sin embargo, y si nos vamos al otro lado, resulta que en España la idea de República está pésimamente defendida y son precisamente sus más encarnizados partidarios los que alejan la posibilidad de que un día se llegue a convertir en algo real.
En España, gracias a todos estos asesores de imagen aficionados, cuando se habla de República se añaden una serie de connotaciones ideológicas que hacen que muchos renunciemos a la idea de defenderla, y no porque no nos guste, sino porque no nos gusta, ni de broma, que nos metan en el mismo saco con cierta gente. Así son las cosas de la adhesión: cuando una idea te parece atractiva, pero la gente que la defiende no te convence tanto, acabas por renunciar a la idea, o por desarrollar una desconfianza hacia ella. Y no digamos ya si estás indeciso…
La III República como propuesta, en España, va íntimamente asociada a movimientos de izquierda que la ven como una oportunidad de crear un estado a su imagen y semejanza, imponer sus tesis marxistas, lastrar las instituciones con su carga ideológica y, en suma, tratar de reeditar los días más tristes y lamentables de la segunda república, cuando se prohibió la CEDA por ser de derechas y cuando el objetivo final era una revolución social, tipo Largo Caballero, con su inolvidable frase: ”No hemos conseguido una república para que gobiernen los mismos que nos gobernaban en la monarquía”.
En vez de eso, la propuesta debería ser un país moderno, abierto, sin privilegios, sin castas, en que se hiciera hincapié en la igualdad de derechos y en la defensa de las libertades individuales. La idea de república es igualdad y libertad, no marxismo ni intransigencia pseudoprogresista, de esa que quiere hacer comenzar los calendarios el día de su llegada al poder (para acabar coronando a un corso cualquiera).
A fuerza de memoria histórica, de querer resucitar a un muerto, de querer imitar un modelo de hace ochenta años, todos estos “asesores de imagen” han conseguido una fuerte reacción de rechazo a la idea republicana entre al gente que, como yo, no ve lógica la monarquía pero no es adepto al marxismo.
A fuerza de defender el pasado, se están cargando el futuro.
Una pena.
El aplauso como ofensa
Me acabo de enterar de que a algunos músicos, especialmente en el mundo del rock, les molestan los aplausos. En principio la cosa me sonó rara, pero luego, leyendo a Milan Kundera, he caído en la cuenta de que esto puede ser más o menos razonable dentro de la clase de espectáculo que ellos quieren crear y de la estética que promueven.
En un concierto de música clásica, o en una ópera, la longitud y entusiasmo de los aplausos determina la satisfacción del público con lo que han ofrecido los artistas y es un homenaje del público hacia su virtuosismo. Pero en un concierto de música clásica o en la ópera, el publico está claramente al margen del espectáculo y separado de él. O dicho de otro modo: el público tiene clara conciencia de serlo, y permanece como catgoría distinta al espectáculo.
En la música pop, en general, y más concretamente en la música rock, lo que se pretende es que el público forme parte del espectáculo, con lo que esa distinción entre el público y los artistas no deja de ser un disrupción del pacto tácito: unirse en una fiesta común. Por eso, por ejemplo, no suele estar bien visto que la gente cante en la ópera pero sí en los conciertos de Metallica, por ejemplo.Siguiendo esta idea es donde podemos ver la razón por la que a algunos músicos les molestan los aplausos, que preferirían ver convertidos en bulla, o simples gritos de apoyo: porque los aplasus establecen una distancia crítica entre el intérprete de la música y su público. Porque los aplausos, en el fondo, son la expresión de que el público es ajeno, diferenciado, y tiene el poder de juzgar. El aplauso es, en cierto modo, el paso del tú al usted, y eso convierte el concierto en una relación formal.
Algo que no se debería hacer entre “colegas”.
P.D: Más sobre este asunto en “los testamentos traicionados”, de Milan Kundera.
¿Un ministerio de Economía y otro de Hacienda?
Acabo de leer la lista de ministros del nuevo Gobierno de Mariano Rajoy y no deja de sorprenderme el hecho de que se haya desdoblado la cartera de gestión económica. Porque lo cierto es que tenemos un ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y un Ministro de Economía, Luis de Guindos.
Hasta ahora, el mismo ministerio que se ocupaba de recaudar los dineros se encargaba también de las políticas de gasto, inversión y endeudamiento. Con esta reforma no sé a dónde vamos ni lo que puede significar, pero sospecho, o me temo, que se trata de separar las funciones para buscar una mayor eficiencia, aunque puede redundar en un mayor despelote. O en que ambos ministros, el encargado de recaudar los dineros y el encargado de gastarlos, se batan en la Casa de Campo…
De veras que ardo en deseos por conocer su atribuciones, pero así, en principio, me parece una jugada al despiste. Una más de un presidente que ha hecho de la cautela y la ambigüedad todo un puñetero arte. Y lleva dos días…
Ampliaré este artículo en cuanto me entere de qué va la cosa. Pero de momento alucino.
Cómo surge la idea de que las pirámides de Egipto las hizo Dios.
Un relato con treinta errores (pasatiempo técnico)
Susana se sentó en su asiento favorito, se agenció el cojín rojo que jamás dejaba y digirió meditabunda su furibundo fracaso. Un fracaso impío y sarmentoso como las sandalias de un viajante de planchas.
Susana será siempre Susana, sin Sebastián y sin sexo, sin historia, sin futuro, sin más esclarecer que día de levantarse y ponerse de una vez manos a la obra de su inempezado renacimiento
Susana se sentó en su asiento favorito, se agenció el cojín rojo que jamás dejaba y digirió meditabunda su furibundo fracaso. Un fracaso impío y sarmentoso como las sandalias de un viajante de planchas.
Era una mujer mayor, de unos treinta años, con melena color miel, tez tostada de melocotón al horno y ojos aceitunadamente brillantes, como si hubiesen manufacturado sus pupilas con el moho de la incertidumbre.
Acababa de dejar a su pareja, el mejor equipaje de su vejez almanaqueada en rigideces desventajosas. Ella le llamaba así, su equipaje, porque era callado y no hablaba nunca, ni tenía más iniciativa que ir al baño cuando el rugido de sus tripas lo exigía. Y iba poco.
Y lo había dejado, después de tantos trienios, cuatro por más indicación, y se sentía asentada en el envilecimiento lacerante de una culpabilidad inefablemente inexpresable que no podía explicar con palabras. Susana se sentía asesinada en su sexo femenino por el cansino cansancio del devenir de sus mañanas de trabajo de enfermera de hospital de pago, sus tardes y sus noches ensoñadas mas no consumadas, consumidas, eternizadas en alcanfores y naftalinas, mercurocromos del alma que en dejando de actuar sobreescuecen la realidad supurante . La vida tenía que ser otra cosa. La vida tenía que tener otra incitación a la trascendencia distinta de un salario menoscabado y un paso por la acera atropelladamente llana, como la calva de un ciego, de los parques sin niños, sin viejos, y sin ganas.
No era lo peor quedarse sola: peor era pernoctar en papeleos pueriles de divorcios, separaciones y peritajes. Peor era hacer recuento de raquíticas racanerías y rimbombantes terracotas de recuerdos reconcomidos en memoria olvidadiza.
Tenía que rehacer su vida. Con el alma traspasada y la consciencia marchita. Tenía que ser bonita, y guapa, y joven otra vez para sentirse objeto de miradas y no ser un trasto arrumbado, desterrado de la mirada del albañil, del piropo del butanero y del deseo del jerarca. El mundo es eso: ser deseado y estar en el mercado, ser bocado codiciado y objeto de pecado. Si nadie peca por ti no eres nada más que una nulidad.
Y a Susana le molesta ser un cero a la izquierda, una cifra desmedida que ni siente ni padece. Quiere ser dueña del rumbo y del timón, gobernar el embrague de sus sensaciones en mansa delicuescencia de amores carminativos. Y sentir, sentirse soñar despierta sobre las riendas de su cuerpo y de su mente, blandamente arrebatada por el céfiro bruñidor de las consideraciones hueras.
Susana sabe esperar, pero ya no quiere más demoras ni impagados del sentimiento, ni más provisiones por insolvencia afectiva, ni más clientes de dudoso cobro en el corazón. Ella sueña con un mundo afectivo de clientes a caja, de inmovilizados inmateriales liquidables en besos, de almacenes de caricias, de valores añadidos soportados y repercutidos que salden ilusiones renacientes.
Ella quiere sentirse joven de nuevo. Quiere ser y será, porque se es cuando se quiere ser y se hace el ser en el siendo y el haciendo de cada día.
Susana será siempre Susana, sin Sebastián y sin sexo, sin historia, sin futuro, sin más esclarecer que día de levantarse y ponerse de una vez manos a la obra de su inempezado renacimiento.








