¡Alegraos, amigos! ¡Qué buena cosecha vamos a tener este año!,- dijeron los hombre el primer día del diluvio.

🙂

Perdonen la broma, para empezar, pero eso mismo es lo que nos va a pasar con la bajada de precios, conocida entre los técnicos como deflación, si es que llegamos a verla, que no creo.

Y no me lo creo porque mientras suban las materias primas y la energía siga en manos de bandoleros sin escrúpulos, no habrá bajada de precios. Y me alegro, porque eso sí que sería de echarse a temblar: La deflación.

Por si acaso alguien nos abe lo que es, la defino (más o menos):  la deflación es una bajada y continua y generalizada de precios que hace cada día más caras las cosas. Raro, ¿verdad?

No tanto, si se piensa despacio. Cuando los precios bajan de manera sostenida, todo el mundo espera a comprar un poco más tarde para comprar más barato, con lo que se detiene la producción, ya que se vende menos. Entonces, a los que tenían dinero y se lo guardaban para comprar más adelante, se unen en la fiesta del no consumir los que ya no lo tienen porque han perdido su trabajo, y las administraciones públicas que no pueden repartir tan alegremente como antes, porque han visto bajar la recaudación. Toda una verbena, como la que ya estamos viendo en algunos sectores…

Así, el desastre está servido, porque las empresas ven cómo se llenan sus almacenes, y tienen que bajar más los precios en un desesperado intento de que sus productos no caduquen o se queden obsoletos. El ejemplo de andar por casa está bien claro: ¿Cuánto vale un yogurt? Treinta céntimos, por ejemplo. ¿Pero cuánto vale dos días antes de caducar? El supermercado lo venderá en lo que pueda, antes de tirarlo. Pues como con eso, con todo.

O sea que ya veis: si suben los precios, estamos jodidos. Pero como bajen… ¡como bajen es aún peor!

Menos mal que, como dice el gobierno, las cosas mejorarán en mayo. Quince segundos después de que se cierren las urnas de las elecciones municipales y autonómicas. O medio minuto antes.

Menos mal.