He estado leyendo últimamente una serie de reportajes, cartas y demás en que diferentes personas se quejan amargamente de ser reprendidos en espacios públicos cuando se limitaban a explicar a amigos o familiares algunos detalles sobre el sitio en el que estaban.

Resulta sorprendente que cuando alguien visita una instalación o un parque se acerque inquisitorialmente un individuo y metiéndose en conversaciones ajenas exija conocer si se posee la titulación de guía oficial para enseñarle a su nieto o a su tía un detalle de un momento, cuadro o fuente.

Obviamente aquí no hay competencia desleal, dado que a no ser porque el nieto muestra una sonrisa de asombro ante los conocimientos del abuelo o la tía te invita a un refresco nadie cobra nada. Aquí hay un exceso de celo en que parece que la sabiduría es propia de los guías oficiales y no del común de los mortales. No es que pidamos un abogado o asesores, sino que simplemente hay personas que desean compartir conocimientos, hacer favores o por qué no, aprovechar un minuto de gloria para demostrar que se sabe un poco de algún tema.

Cuidado con este tipo de cosas, porque es distinto saber de farmacia que saber de arte, saber que en León Guzmán tira el puñal o el topo de la catedral y nadie pretende ganar dinero con ello sino un minutín de gloria.

El mundo no funciona con monopolios y prohibiendo la transmisión de cultura y menos, cuando se hace gratis.