Algunos ya lo suponíamos, pero la Comisión Europea acaba de descolgarse con el feliz descubrimiento de que la salida de esta crisis podría producirse sin que se apreciase una mejora en el empleo.

Quizás a algunos les suene a contradicción, pero les aseguro que no lo es: ya ha sucedido en ocasiones anteriores, aunque entonces, en un mondo menos globalizado, existía la posibilidad de buscar nuevos mercados en tierras lejanas. Las tierras lejanas ya no existen, y lo verdaderamente peligroso de esta ocasión es que se puede volver a producir lo mismo que se producía antes, o sea, igualar el PIB, pero con mucha menos mano de obra, lo que aumenta la competitividad, pero deja en la calle, excluidos del sistema económico a unos cuantos millones de ciudadanos.

¿Por qué? Porque todos tenemos exceso de capacidad productiva. La idea del comercio es que unos produzcan lo que a otros les falta para poder vendérselo, pero estamos en un mundo en el que los que compraban ya venden, y los que vendían siguen vendiendo sin encontrar quien les compre.

Para evitarlo, los prebostes de Bruselas aconsejan que se aborden las reformas laborales necesarias, de modo que sea posible contratar a más gente, exista una mayor movilidad geográfica y funcional y la vida laboral del individuo no pase por un sólo tornillo en la cadena de montaje, además de etc., etc.

Lo que dicen en realidad, y estoy seguro de que ya lo han adivinado, es que se bajen los sueldos, porque de lo contrario será más rentable producir en cualquier otro lado y el desempleo se convertirá en una especie de enfermedad crónica, sobre todo en algunos países, como el nuestro, donde nunca nos ha entrado muy claramente en la cabeza el significado de la palabra competir.

La bajada real de los sueldos ya se produjo con la llegada del Euro pero, aún así, nuestras economías siguen siendo muy poco competitivas frente a las emergentes potencias asiáticas, que combinan la avidez de lo moderno con el viejo garrotazo y tentetieso, el de toda la vida, para cualquiera que se le ocurre exigir mejoras sociales o salariales.

Así las cosas, lo que hay que preguntarse ya no es tanto cuándo o cómo se va a salir de la crisis, sino otras cosas un poco más duras, como si es posible competir con China sin hacernos chinos a todos, o si el suicidio es o uno una forma de combatir el asesinato.

Poco a poco, por mucha voluntad y talante que le queramos echar las preguntas serán esas. Porque las horas de la retórica, del creer que basta con desear algo para que se cumpla y del “to er mundo es güeno” están llegando a su fin.

Y entonces Europa tendrá que decidir si quiere ser la Europa de toda la vida, comportándose como históricamente se ha comportado, o prefiere convertirse en un peluche remendado y roto en una esquina del mundo, pero con la conciencia muy tranquila, eso sí.

Por mi parte, me permito una pista sobre nuestro pasado: la mansedumbre no nos hizo grandes. La empatía, tampoco.

A otros les funcionará, pero para nosotrros, por lo que sea, no funciona.