cabecera de PÚBLICO

Es una broma con mala leche, pero tiene algo de cierto: buena parte de los que se dicen de izquierdas son funcionarios y viven en un chalé. Por eso precisamente existe un gran caladero de votos socialistas o comunistas entre los profesores universitarios y los profesores de secundaria, que no son gente por debajo del salario medio, precisamente.

Esta vieja tesis, tan discutida a lo largo de los años, se confirma hoy con el anuncio del cierre del diario PÚBLICO. A mí me parece muy triste, siempre, que cierre un medio de comunicación, por lo que implica de silenciar una opción y dejar a oscuras a sus lectoires, los que sean, conformes hasta el momento con su línea editorial.

Sin embargo, hay que acercarse al asunto para darse cuenta de que el problema se basa en una paradoja, o en una mentira cínica que muy pocos quieren analizar: el hecho de que un fuerte grupo de capital, con intereses de capital y en un sistema capitalista, apostara por una inversión cuya razón de ser y su línea editorial eran atacar al capital y sacarle el dinero a los que opositores al capital.

¿Una broma? No, una realidad: el señor Roures pensó al crear este medio que con semejante línea editorial cubría un espectro de demanda y podía obtener muy buenas ayudas del sector público, gobernado entonces mayoritariamente pro lso socialistas. Su opción primera, por tanto, no era hacer política, sino hacer dinero. Y hacer dinero con los que decían detestar ese dinero, su mecánica y su codica.

La realidad, o el cambio de las circunstancias, han demostrado que esta opción ya no era rentable y llega el cierre. Pero no llega el cierre por el fracaso de sus ideas, que posiblemente no las haya tenido nunca más  allá de una imagen de marca y un posicionamiento de mercado, sino por el agotamiento de un modelo empresarial y de negocio que se demostró incapaz de producir beneficios.

Y ahora llega el momento que tanto teme la izquierda en general: el momento de hablar con la realidad, de demostrar a sus seguidores y a sus trabajadores que todo lo que decían era para los demás, que las exigencias de trato amable y mano suelta con los empleados eran para los demás, que la obligación de pagar lo máximo y defender a los humildes eran para los otros, pero nunca para los trabajadores propios, que se verán en la calle sin la opción de convertirse en cooperativa y autogestionarse.

Los periódicos de izquierdas, hoy en día, son como los puticlubs de la Iglesia o las  misiones militares por la paz: contradicciones que sólo se mantienen en pie mientras dure nuestra ingenuidad o nuestro forofismo.

En cuanto se acaba, sale el verdadero sustrato: balances y cuentas de resultados. Pérdidas y ganancias.

Descansada en paz, compañeros. Va con cariño. Lo juro.