Microchip hispánico

Nos salimos últimamente con eso de buscar un nuevo modelo económico que nos ayudar a escapar del agujero económico en el que estamos. La solución sería comportarnos como un país desarrollado y dedicarnos a aquellos sectores de alto valor añadido, o al menos dedicar una parte de nuestros recursos a potenciar las ventajas competitivas de nuestros productos (que las tenemos) para ser más competitivos o siquiera necesarios.

Pero ni eso.

Lo cierto es que somos el país de las acerías, pero acerías de fabricar aceras, con las bordillerías como industrias auxiliares principales. Lo cierto es que nuestro tejido económico se ha basado durante años en la brutalidad: grandes obras que no requieran tecnología alguna, mano de obra intensiva pero sin cualificar y movimiento a espuertas de dinero que ni tenemos ni sabemos cómo llegaremos a pagar a quien se lo debemos.

Para encontrar un nuevo modelo productivo necesitamos una serie de requisitos que hoy pro hoy están fuera de nuestro alcance: un cambio de mentalidad respecto a lo que es y no es deseable. Un cambio de mentalidad respecto a lo que es y no es rentable. Un cambio de mentalidad sobre lo que supone querer ganar dinero, querer lucrarse, arriesgar y montar una empresa. Un cambio educativo que produzca trabajadores cualificados y un cambio económico que los emplee aquí con sueldos dignos en vez de obligarlos a emigrar al extranjero.

Mientras esté mal visto el lucro, mientras gane más el fontanero que el ingeniero, mientras nuestra industria más potente sea levantar aceras para poner baldosas o poner cañas en los bares de  Levante nos hundiremos más cada vez en una economía que empieza a ser de cabreo y acabará siendo de subsistencia. Porque otro siempre pueden poner los ladrillos más baratos, otros pueden servir las tapas a menor precio y otros pueden vender, más aprisa y más barato, cualquier cosa que se nos ocurra producir con esa vieja máxima del “que invente ellos”