No todos, pero muchos, la mayoría, creemos en la gente y en la posibilidad de mejorar el mundo cuando tenemos dieciocho años. Luego vamos a la Universidad y allí nos convierten en cínico. Eso, en el mejor de los casos. ¿o no?

La universidad debería ser una especie de templo del conocimiento al que se acercasen aquellos que quisieran aumentar sus conocimientos o simplemente abrir sus mentes. Debería ser, al menos, un lugar para el intercambio de inquietudes, conocminetos y proyectos.  En ningún sitio es más necesario que en la Universidad un espíritu abierto, dirigido a la formación de pensamientos vigorosos y libres. En la Universidad deberían formarse las clases dirigentes del futuro, tanto a nivel técnico, como humano.

 Y de las universidades salen, es cierto, buena parte de los que dirigen luego la sociedad, pero salen tan maleados, doloridos, escarmentados y corrompidos, que el mundo de la empresa y la política es en buena parte el estercolero que todos conocemos por las malas artes que la necesidad de sobrevivir enseña a los universitarios.

 La universidad española se apoya en una serie de pilares, a cada cual más corrupto, que la convierten en un foco infeccioso más que en un faro de ciencia.  La Autonomía universitaria, que debería servir para evitar ingerencias en lo que se enseña y mangoneos externos, sirve en realidad para evitar controles  y fomentar la opacidad y el interés más retorcido. Los ciudadanos pagamos la universidad pública, pero no tenemos derecho a opinar sobre en qué se gasta nuestro dinero ni sobre los criterios con que se gasta, se invierte o se contrata con ese dinero. ¿Y qué sucede en un lugar donde cada año llegan millones de euros de los que nadie puede pedir cuentas? Responded vosotros, que a mí me da la risa.

 Y sigo: la contratación del profesorado se realiza por el propio profesorado, de modo que es la Universidad y los departamentos en sí mismos los que contratan y eligen su propio personal. Desde el punto de vista científico, eso significa que todos los profesores de un área piensan lo mismo que su superior directo (que de lo contrario no los habría contratado) con lo que en lugar de un debate de ideas tenemos una asquerosa endogamia del pensamiento, sin debate y sin alternativa. ¿Y qué sale de la endogamia? Lo sabemos todos.

 Y no sólo en el plano científico: el sistema de contratación del que hablamos en el punto anterior genera puestos de trabajo de por vida, muy bien pagados y muy cómodos (máximo 12 horas de clase a la semana, por ley). Como nadie puede controlar esa contratación, se da la terrible paradoja de que más del 45 % de los profesores universitarios están emparentados entre sí. Esto, en 2007. No me hagáis buscar el dato actual que da miedo sólo pensarlo.

Y si alguien no lo cree, os invito a preguntar a cualquier profesor universitario que conozcáis cuántos se presentaron a su oposición el día que la sacaron. La respuesta, invariable, será uno o ninguno, porque para una plaza de cartero se presentan 700 candidatos, y para una plaza de guardería se presentan 900, pero para una plaza de profesor universitario no se presenta nadie, ya que el es sabido que están dadas de antemano y se convocan con el perfil de una persona determinada.

 Pero aún hay más: no existe control alguno sobre la labor investigadora. El profesor que honradamente quiere investigar, investiga, pero al que se limita a dar sus 12 horas a la semana no se le piden cuentas ni de su actividad, ni de sus publicaciones, ni de la actualización de sus temarios. Por eso algunas universidades, casi todas, incluyen en sus temarios asuntos completamente obsoletos: porque el profesor titular, inamovible, se niega a estudiarse las novedades. En el año 2003, en Económicas, aún repartían material sobre las posibilidades de triunfar de Windows sobre el monopolio de IBM.

 Y para colmo de cachondeos, la financiación y la contratación de nuevos profesores depende del número de alumnos. Y el número de alumnos se puede aumentar de dos maneras: haciendo más interesante la carrera o la asignatura para que se matricule más gente, o suspendiendo sistemáticamente a los que hay, con un falso nivel de exigencia, para que se vuelvan a matricular el año siguiente y se acumulen con los que llegan del curso anterior. Qué es más fácil y qué supone menos esfuerzo, lo dejo a vuestro juicio.

 Por último, por si hubiese dado ya pocas razones, tenemos que el Estado otorga y valida los títulos pero no puede controlar en la práctica los contenidos, porque el mismo que los imparte es el que luego examina. Así las cosas, si caes en una Universidad donde se enseña cualquier aberración, (o cualquier antigualla) debes aprender esa aberración y esa antigualla, o marcharte (si puedes).  De ese modo pueden existir, y existen, universidades privadas que venden el título a quien se lo puede pagar de modo que ese título sirva para aprovechar después ventajas y enchufes familiares que perpetúen la rueda. Clasismo en estado puro. Barreras a la permeabilidad social. Mamoneo.

Hay más, pero no es cosa de escribir aquí un libro. Con todo esto, y aprendiendo la gente las mañas que aprende, ¿cómo quremos que el mundo mejore? Bastante con que los licenciados no nos hagan jabón a todos a los cuatro días de sacar el título.