Todos sabemos que en este país se hace antes la trampa que la ley, y que los legisladores van siempre a rastras de la imaginación de los que se dedican a buscar maneras de vivir de los demás o saltarse las normas de convivencia, pero esto me parece que ya no es juzgado, sino de pelotón de fusilamiento. 

Cuando en una empresa se quiere despedir a un trabajador que lleva una serie de años trabajando y que costaría una verdadera pasta poner en la calle, se buscan toda clase de trucos y presiones, desde trasladarlo al sótano, amargarle la vida de mil maneras, o tratar de demostrar, con razón o sin ella, que no cumple con su puesto de trabajo.

Cuando todo eso falla y sólo queda aguantarse con el trabajador o aflojar la cartera, algunos empresarios desaprensivos recurren al chulo de empresa. El chulo de empresa es un individuo que generalmente se trae de fuera, se le contrata por tres o seis meses y se le pone a trabajar al lado de aquel al que se quiere despedir. Su cometido consiste en no dejarle vivir, en provocarle a todas horas hasta que, finalmente, el otro salte y se enzarcen en una pelea. El chulo de empresa puede escupir al otro a la cara, mentarle a a madre y a los hujos, o liarse simplemente a bofetadas con la víctima: lo importante es que al final se enzarcen para que, con la ley en la mano, el empresario pueda despedirlos a los dos por pelearse en el puesto de trabajo.

Llegado ese momento, el chulo de empresa presenta la denuncia por agresión y el otro, el pobre, tiene que ir al juez a demostrar que llevaban meses provocándole o que incluso le habían pegado primero. Evidentemente, en ese punto, el trabajador que iba a ser despedido se suele ablandar y acepta salir de la empresa con una indemnización mucho menor de la que le correspondía. O no acepta, y se arriesga a quedarse sin nada. El otro, el chulo de empresa, acepta encantado el despido y lo que le den bajo mano.

¿Habíais oído algo más repugnante? Yo no. Me lo acaban de contar y ya me jodieron la mañana.