Ya hay muchos por ahí frotándose las manos con la previsible muerte de la industria editorial. El libro electrónico se impone poco a poco y con él, o más deprisa que él, se extiende la piratería de libros, o la copia privada como prefieren llamarle algunos, pero que en cualquier caso consiste en obtener algo sin pagarlo. Sin embargo, a mí me parece que estamos ante un enorme error de bulto, y os lo voy a tratar de explicar sin entrar consideraciones éticas. Puro mundo real.

En Europa, la industria del cine y de la música son industrias potentes, que mueven mucho dinero, pero poca influencia política. De hecho, si le echáis un vistazo a la estructura de capital de las distribuidoras cinematográficas o los sellos discográficos veréis que hay una gran preponderancia de empresas americanas, a las que se definde aquí, sí, pero con la boca pequeña. A ningún político le sale rentable enfrentarse a los votantes para defender a las multinacionales americanas. Hay poco cine autóctono y las discográficas locales no pesan tanto como parece.

Sin embargo, echad un vistazo a la estructura de capital de las principales editoriales y a lo mejor os lleváis una sorpresa. Los editores de libros, en España y en toda Europa, tienen también grandes participaciones de capital en otros medios de comunicación como radios y televisiones. ¿De quién son las emisoras de radio, los periódicos y las televisiones? En gran medida de los mismos propietarios que las editoriales. ¿Cual es, por tanto su capacidad de presión política? Muchísima. Y esto es clave.

Esto nos lleva a lo que ya hemos visto: que los políticos van a defender el libro desde las instituciones con mucha más fuerza de la que emplearon para defender la música o el cine. Si la piratería de libros se generaliza, no se quedarán cruzados de brazos como lo hicieron ante la música o el cine, porque recibirán enormes presiones de los dueños de los medios de comunicación, que son dueños también de la opinión pública, para que corten esa sangría.

Cuando se lanza un ataque hay que ver contra quien se lanza. Un ataque contra el cine es un ataque contra la industria americana, sobre todo. Un ataque contra los libros, en España, es una agresión contra los dueños de las radios, los periódicos y las televisiones, que tienen muy buenos medios para apretar a los legisladores y exigirles que defiendan lo suyo.

No se trata por tanto de dinero, sino de influencia y poder político, y en ese sentido los dueños de las editoriales tiene mucha más fuerza real que los dueños de las discográficas y las productoras de cine. Los dueños de las editoriales tienen mucho dinero también en las radios, los periódicos y las televisiones, y ahí, ahí es donde los políticos tienen miedo y legislan al dictado. Mientras el “todo gratis” de internet tocase solamente a lo que a la gente le divierte pero a los políticos no les afecta, todo iba bien. Tocar a los libros puede afectar a los políticos, dependientes de los medios de comunicación propiedad de los editores, y la cosa puede acabar en desastre para la libertad de la red.

Si internet se llena de sitios donde se pueden descargar gratuitamente miles de libros no tardaremos en ver cómo se cierran páginas web, cómo se bloquea a páginas del extranjero y como se imponen multas muy contundentes, porque los políticos temen a los dueños de los periódicos, a los dueños de las radios y los dueños de las televisiones y, por la razón que sea, estos son los mismos que los dueños de las editoriales, y no los mismos que los dueños de las discográficas.

No es una cuestión de poder, sino de influencia, y el ataque a la industria editorial puede significar el fin del internet libre, el internet gratis y el “todo vale” en la red.

Admito apuestas: si la copia fraudulenta de libros se generaliza, se combatirá como nunca se ha combatido la copia de películas o de discos. Y será para mal de todos. Porque con la Iglesia, con la nueva Iglesia hemos topado, amigos sanchos…