Una pesadilla de paloma

En España, hacerse empresario es a veces como hacerse pederasta: todo el mundo te mira mal, como si pretender ganar dinero fuera un pecado, o una mancha. Así las cosas, no es de extra ar que el que tenga algo lo guarde debajo del colchón y recomiende la emigración al que no tiene nada y busca un trabajo.

La culpa de esta lacra social no es del Gobierno, sino nuestra, por mala cabeza y sobre todo por mala sangre, que llamamos especulador a cualquiera que en vez de un sueldo quiere tener un negocio.

Como soy de la idea de que sin propuesta no hay protesta, voy a intentar diferenciar lo que es un especulador de un inversor, y perdonen que me ponga en este plan.

Especular es comprar un bien con la idea de obtener un beneficio por el simple aumento de precio de ese bien derivado de su escasez, del aumento de la demanda o de otras condiciones del mercado. El especulador no tiene intención de producir nada con ese bien, sino simplemente de conservarlo durante un tiempo para volver a venderlo a un precio superior al que pagó para adquirirlo.

Inversor es el que compra un bien o sufraga su montaje, con la intención de obtener un beneficio de su explotación, o aporta un dinero a una sociedad para que esta lo explote y le pague un rendimiento.

La diferencia es clara: si el capital se integra en la producción, es inversión. Si lo único que hace el bien adquirido es dejar pasar el tiempo, es especulación.

Por tanto, el que compra una casa para vivir en ella, vive en ella, o la alquila, y la vende después de unos a os no es un especulador. Es un inversor. Si tiene la casa vacía y espera unos a os para venderla a un precio superior al que la compró, es un especulador.

Lo mismo sucede en la Bolsa. El que compra acciones para recibir un dividendo o un rendimiento de la empresa de la que se hace accionista, es inversor, y ayuda a la empresa a financiar sus proyectos. El que compra hoy para vender la semana que viene pensando que la acción subirá pro una u otra razón, es un especulador.

Y aún diré más: que todo el que mueve el dinero, para invertir o para especular, es una ayuda para los demás. El enemigo de los pobres es el que lo guarda, el que prefiere la limosna a la empresa, el que prefiere dar un bocadillo o veinte euros a dar un trabajo. El enemigo es el que quiere ver al otro agradecido, con la gorra en la mano, y no orgulloso, con una pala, un pico, o una tijeras de podar en la mano.

Especular o invertir es lo de menos. Lo que importa es no llevar el dinero al cementerio. Pero eso, en esta tierra no queremos entenderlo. Por eso tenemos los pueblos muertos, lac ciudades muertas, y las cuentas de los bancos tan bien saneadas.

Por eso moriremos de lo que murió el rey Midas.

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