Una buena R, y no esa C anglosajona...

Yo siempre he estado a favor de que el que inventa algo tenga derecho a explotarlo de manera exclusiva, de modo que el talento, la iniciativa y la investigación reciban su retribución. Si todo lo que se inventa queda a disposición publica nada más ser inventado, entonces estaremos en una sociedad donde vale más la pena dedicar el tiempo y los recursos a explotar lo ya conocido que a idear nada nuevo.

No obstante, eso no tiene nada que ver con las abusivas leyes de propiedad intelectual que padecemos actualmente, más orientadas a perpetuar una estafa contra las generaciones futuras que a inventar nada. El hecho de que se puedan patentar como ideas propias hechos tan comunes como señalar algo, hacer dos veces click con el ratón o gestos perfectamente humanos me lleva a pensar que de lo que se trata es de cerrar cualquier puerta a la verdadera innovación, reservando los avances, y el ritmo de estos, al ritmo que convenga al desarrollo y comercialización de un producto. O sea, a intereses particulares, bastardos y monopolistas.

La idea de quienes defienden estas leyes de carácter restrictivo está bien clara: que todo lo que ellos hacen sea de pago mientras que todo lo que ellos aprovechan de épocas anteriores sea gratuito. ¿Apple pide que se le pague por hacer doble click sobre un icono, ¿pero qué pagan ellos al que inventó la flecha como símbolo para señalar?, ¿qué pagan ellos al que inventó el concepto de icono para representar una idea?, ¿qué pagan ellos al inventor del teclado, del alfabeto o de la electricidad?

Algunas compañías, muy celosas de sus patentes, quieren comportarse como bisagras de la historia: lo que estaba antes de ellas es gratis, y lo que está después, de pago. Es la jugada perfecta para no tener costes y embolsarse ingresos, obligando a los que vengan detrás a soportar unos costes que ellos no soportaron e impidiendo así su desarrollo. Le llamen como le llamen, este es el camino para la creación de monopolios y el camino también, hay que decirlo, para frenar el desarrollo técnico y científico que tanta falta nos hace.

Y lo mismo que sucede en la ciencia lo vemos también en la cultura: la mayoría de los que exigen que se pague por cada fotograma de sus películas, aprendieron a hacer cine en las filmotecas. La mayoría de los que piden que se pague por cada una de sus líneas, leyeron todo lo que leyeron en las bibliotecas públicas.

¿De qué vamos entonces?

De hacer pagar a  los demás por lo que ellos nunca pagaron. Sólo es eso.