A resultas de un accidente de tráfico, o más bien un chapazo, porque no hubo daños personales, se planteó el otro día una discusión de bar en la que algunos afeaban al juez haber dado la razón a un niño bien, niño pijo, que podía pagarse de sobras el golpe y condenado a un pobre currela de veintidós años, que tendrá que doblar el lomo medio año para reparar los desperfectos de su coche.

Los que no somos unos cabrones tenemos la tendencia a defender a los más débiles, pero en este caso me parece que se pasaban: el que tiene la razón, porque va por su lado, o porque no ha cortado la rotonda, la tiene de todas maneras, independientemente de quién sea su padre y de lo que le haya costado conseguir el coche. O eso creo yo.

Lo que no puede ser es que en el juzgado te pregunten por tus ingresos o por el patromonio familiar antes de dictar sentencia, ni en una dirección ni en otra, ni para salvar el trasero del poderoso como se hace en algunos casos ni para condenar al que puede pagar y absolver al pobrecito aunque la haya armado, como pretendían algunos en  esta ocasión.

La imparcialidad tiene que consistir en eso: en no preferir al rico frente al pobre, y también en no preferir al pobre frente al rico. Lo contrario nos pone ante aquel aserto soviético que afirmaba que la justicia imparcial es un prejuicio burgués. Una idea que hizo perder el trabajo a mucho hijos de antiguos comerciantes en 1937 yque era, ni más ni menos, la versión social del racismo nazi. Porque, ¿qué diferencia hay entre discrimninar por la clase social o discriminar por la raza?, ¿qué diferencia hay entre decirle a alguien te voy a joder porque tu padre era rico y te voy a joder porque tupadre era judío?

Para mí, ninguna, pero sigue habiendo gente que no lo entiende.