El que no corre, vuela.

El que no corre, vuela.

Cuando el otro día compartía con vosotros lo que me dijo el enterrador sobre la violencia doméstica podía asegurar, y puedo aún, que lo había escuchado de primera mano. Lo que voy a contar hoy proviene de buena fuente, pero no lo vi yo mismo, y quiero que vaya por delante esa declaración. Por la credibilidad, mucha o poca, que pueda tener.

El caso es que un cliente de toda la vida llegó a nuestra oficina por un asunto pendiente, y como lo vi más nervioso que de costumbre le pregunté si le pasaba algo. Hacer semejante pregunta fue como destapar una botella de juramentos e improperios. No le pasaba nada, ¡pero menudo cabreo traía!

Pocos días atrás, cerca del polígono industrial, se había detenido en un semáforo detrás de una furgoneta blanca un poco desastrada. El semáforo se puso en verde unos segundos después, pero la furgoneta blanca, en vez de avanzar, retrocedió a toda velocidad y embistió marcha atrás a su coche. Mi cliente se bajó entonces hecho una furia, pero de la furgoneta se apearon cinco individuos de una conocida minoría étnica nacional y lo r0odearon antes de que pudiese volver a subirse al coche.

Mi cliente pensó entonces que encima de estropearle el coche e ir, probablemente, sin seguro, le iban a dar allí mismo una buena paliza y se preparó para lo peor. Pero lo peor no era lo que él esperaba: los miembros de la conocida etnia minoritaria (que no menciono para que los racistas seáis vosotros, por identificar claramente de la gente de la que hablo, y no yo, que no digo una palabra) llamaron a la guardia civil y le dijeron a mi cliente que si se estaba quieto y callado no iba a pasaerle nada, salvo tener que pagar los faros y los desperfectos de su propio coche, por supuesto.

Y así fue: en veinte minutos se presentaron los de Tráfico, y tres ambulancias, que se llevaron a tres de los pasajeros de la furgoneta, todos ellos con el cuello destrozado por el impacto trasero, dolores que se volverían seguramente crónicos, e indemnizaciones previstas del orden de cinco o seis mil euros cada uno, además de la incapacitación laboral y la posible pensión posterior.

Lo peor del caso, o lo gracioso si os lo tomáis por ese palo, es que después mi cliente, hablando con los guardias, se enteró de que no era raro que operasen gruupos de este tipo por la zona, y que a él seguramente no le pasaría nada , salvo que el seguro le subiría la póliza para el año siguiente. A él, y a todos, porque como sabéis las pólizas de seguro las acabamos pagando entre todos a escote. Si tenía suerte, no le pedirían nada en el juicio.

Parece ser que hay lugares donde decenas de miembros de ese colectivo étnico han tenido golpes que precisan asistencia, collarín, y los dejan incapacitados.

Así que ya lo sabéis: si paráis en un semáforo detrás de uno de esos vehículos qure no describo pero todos conocéis, cuidadito. Mucho cuidadito. Porque también los hay que piden indemnización por daños a la otra parte, aunque habitualmente se conformen con un arreglo extrajudicial en efectivo.