Al menos es adaptable...

Al menos es adaptable…

Muchos ya lo sabíamos, pero no está de más recordarlo. La especialización nos hace más productivos para una empresa determinada, pero no nos mejora a nosotros, sino que nos hace más dependientes de esa actividad para la que nos hemos especializado, de modo que una variación cualquiera en las condiciones nos deja a su merced.

El trabajo especializado no sólo embrutece, sino que también fragiliza y genera vulnerabilidad. A día de hoy, un trabajador sólo puede estar más o menos seguro de que encontrará un empleo si sabe hacer muchas cosas, y tiene la capacidad de adaptarse a otras muchas. La especialización, en cambio, lo dejará en manos de los vaivenes coyunturales.

Cuando Henry Ford empezó a fabricar en 1908 los “modelos T”  analizó la actividad de su planta y llegó a la conclusión de que necesitaba 7882 procesos y operaciones diferentes para terminar una unidad.

En su autobiografía, Ford indicó que de estos 7.882 trabajos especializados, 949 requerían “hombres fuertes, de complexión robusta y condiciones físicas casi perfectas”, 3.338 necesitaban hombres de fuerza física simplemente “ordinaria”; la mayoría de los demás podían ser realizados por “mujeres o niños mayores” y, continuaba fríamente, “descubrimos que 670 podían ser realizados por hombres sin piernas, 2.637 por hombres de una sola pierna, dos por hombres sin brazos, 715 por hombres de un solo brazo y diez por ciegos”.

En resumen, el trabajo especializado requería, no una persona completa, sino sólo una parte. Nunca se ha aducido una prueba más vivida de que la superespecialización puede resultar embrutecedora.

Si con esto no basta, no sé qué más puedo decir…