Nos ponemos en lo simbólico...

Todos lo tenemos claro: los inversores ponen el dinero en aquello que consideran más seguro y que les va a ofrecer mayor rentabilidad. Lo malo es viene cuando, por disitintas razones, lo más seguro y más rentable, no tiene nada que ver con el mundo real y se queda en los mundos etéreos de la perdiz mareada: la economía especulativa.

A veces la economía capitalista produce incentivos perversos que se acaban notando en la vida de todos y que nadie imaginó en un principio. Parecía buena idea que cada cual se guardarse el finero de su pensión, lo invirtiese como mejor le pareciera y sacara de ahí una pensión de jubilación. Parecía buena idea que cada cual se arriesgara para obtener más o menos para su vejez y su seguro médico. Parecía buiena idea en mucho sitios, aunque el principal sea Estados Unidos.

¿Y qué ha pasado al final?

Que los fondos de pensiones han acumulado tanto dinero que son los verdaderos árbitros del cotarro. Los fondos de pesniones son los únicos con una liquidez suficiente y un monto global tan potente como para imponer las reglas del mercado.

Pero el caso es que los fondos de pensiones tienen unos incentivos muy concretos y muy perversos que, dicho claramente, tienen más que ver con la muerte que con la vida, sobre todo porque sus propietarios están más cerca de la muerte que de cualquier otro futuro.

Así las cosas, resulta que los fondos de pensiones necesitan una elevadas rentabilidades que poder presentar a sus partícipes, gente que quiere pagarse su delicada salud y sus últimos años de vida y a la que en realidad le importa muy poco de dónde sale ese dinero. Y así las cosas, resulta que esos fondos de pensiones, para no perder clientes, entienden de inmediato que la economía especulativa, los mercados secundarios de alimentos y materias primas producen beneficios mucho más rápidos y más suculentos que los productos en sí.

¿Y por qué? Porque teniendo cantidades ingentes de dinero es mucho más fácil influir en el precio del trigo que en el clima, las heladas y las plagas. Porque con grandes cantidades de dinero es mucho más sencillo manipular el precio del hierro que la curvatura de las vetas donde yace en la tierra. Porque con grandes cantidades de dinero es mucho más fácil sobornar políticos que creen normativas a medida que descubrir nuevos productos o explorar nuevos mercados.

Así tenemos que la acumulación de capital, destinada teóricamente a la inversión, se dirige finalmente a la especulación, el mamoneo, y la maquinación para alterar el precio de las cosas más que a la verdadera producción la innovación o el desarrollo.

La economía real se desangra porque no produce rendimientos que puedan competir con la especulación. Eso lleva a la ruina, pero los dueños del capital, que en su mayoría son ancianos que sólo quieren cobrar sus pensiones y pagar su sanidad, no se preocupan por el asunto porque saben que ya estarán muertos cuando toque pagar la factura de lo que se está haciendo.

Es la apoteosis dela vieja frase: “el que venga detrás, que arree”.