Lo dijo Adolf Hitler y hay que darle la razón, aunque nos joda: en política, la gente prefiere la destrucción del adversario al triunfo de lo propio. Partiendo de esa premisa, todos los partidos políticos invierten más trabajo y esfuerzo en denigrar a los demás partidos que a explicar su propio programa.

El plato fuerte de esa estrategia, hasta ahora, era buscar casos de corrupción en las filas ajenas y sacarlos a la luz, de modo que esos casos, casi siempre puntuuales (menos mal) afectaran al conjunto del partido y hasta, si era posible, a la ideología que ese partido defendía. La estrategia ha sido general y nadie se ha salvado, por que nadie se ha salvado de tener corruptos en su partido: el PP se hinchó a buscar casos de corrupción en tiempos del felipismo y encontró un buen saco de ellos (Roldán, Flick, Filesa, BOE, etc..) y el PSOE no se ha quedado atrás, encontrando grandes cantidades de basura en las filas populares, tanto antes como ahora (Gurtel, contratas basura, Camps…)

Lo grave, porque me parece gravísimo, es que esa estrategia empieza a desinflarse ante la evidencia de que por más casos de corrupción que se publiquen las urnas no parecen castigar esas conductas. La designación de Camps como candidato del PP a presidir de nuevo la Comunidad Valenciana parece demostrarlo: al partido no le asusta el escándalo y si Camps pierde, cosa improbable, no será por los casos que se le imputan.

Y es que la corrupción se ha vuelto tan frecuente, y tan aireada, que el espíritu crítico de los ciudadanos se  ha encallecido frente a ella. Nuestra democracia está tan malherida que damos por hecho, consciente o inconscientemente, que los políticos van a hacer toda clase de marranadas y lo único que pedimos es que, además, no nos joroben por otro lado.

Esto, para mí, tiene dos consecuencias a cada cual peor: por un lado, que nos pueden robar impunemente porque le están perdiendo el miedo a la reacción de las urnas. Por otro, que el que sea honrado lo pasará doblemente mal, puesto que se lleva la mancha del que es un chorizo sin llevarse el beneficio.

Al final, la realidad manda:; en cualquier sociedad, los políticos acaban siendo un reflejo de los ciudadanos. Y como aquí está bien visto llevarse a casa los folios de la oficina, lo demás viene rodado.

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