13Sé que escribiendo esto me arriesgo a recibir toda clase de críticas, pero en este blog no nos hemos cortado nunca a la hora de decir lo que pensamos.

En este caso, no se trata de una opinión, sino de haceros llegar un testimonio. Ahora que tan de moda está la memoria histórica, y me alegro de que asísea, es hora de escuchar lo que nos tiene que decir los más ancianos, aunque nunca participasen en una guerra.

El viejo del que os voy a hablar vio también muchos muertos, pero lo suyo era cuestión profesional. El hombre, al que llamaré Andrés, porque él no tiene por qué meterse en jaleos, fue cincuenta años enterrador en una ciudad pequeña, de unos setenta mil habitantes. Ahora se le llamaría empleado municipal de servicios fúnebres, o algo así, por no mentar la muerte, pero él prefería llamarse enterrador y así le llamaremos.

Lo conocí una tarde yendo a visitar a un amigo, y como seguramente su familia ya había oído muchas veces sus historias, aprovechó que había un desconocido para contarlas de nuevo. No sé los años que tiene, pero ochenta y tantos no se los quita nadie.

En un trabajo como el suyo, como os podéis imaginar, surgen toda clase de anécdotas, desde las más tristes a las más desagradables, pasando por infinidad de historias de humor negro. Algún día repetiré aquí alguna de ellas, pero este no es el momento.

Lo que realmente me impactó de todo lo que contó Andrés fue su visión sobre la violencia de género. Según él, aunque lo decía con otras palabras, la violencia de género ha existido siempre, pero no es lo que la gente cree.

Su trabajo no consistía sólo en enterrar a los muertos, sino que debía ocuparse también del mantenimiento del cementerio, y eso incluía la horrible tarea de abrir tumbas y panteones antiguos, de más de treinta, cincuenta, cien o los años por los que se hubiese contratado la sepultura, y llevar luego los restos a una fosa común o un osario.

Pues bien: Andrés aseguraba que había visto al menos quince o veinte hombres envenenados, porque eso se notaba por la coloración de los dientes y de algunos huesos, que tenían un aspecto distinto al resto si la víctima había muerto por culpa del arsénico, la estricnina y otras sustancias. Algunos de ellos los había conocido él personalmente y sabía que se habían ido poniendo enfermos, poco a poco, y que luego, con el tiempo, habían fallecido, supuestamente de muerte natural.

Pero el enterrador sabía la verdad. O creía suponerla, y así os lo cuento. Nunca presentó una denuncia, porque después de treinta años “no hay que remover la mierda” y porque lo que el enterrador veía era “tan secreto como lo que veía el médico o lo que oía el cura“. Pero él sabía. O suponía.

“Los hombres matan a las mujeres y las mujeres matan a los hombres, pero ellas los matan mejor”, me dijo.

No entro en juicios. Como me lo contaron, lo cuento. Juzgad vosotros si queréis.