Entre las noticias cada vez más delirantes que leemos en la prensa, hubo una un tiempo que me llamó especialmente la atención: un juez de Barcelona retiró a una mujer la pensión alimenticia porque esta tenía una relación afectiva con otro hombre, aunque no llegase a demostrarse que convivían.

Sin entrar en si el juez se excedió con su sentencia o no, o si este tipo de casos acaban por meternos a las instituciones en la, a mí se me ocurre preguntarme otra cosa: esa señora, y cualquier otra en su misma coyuntura, ¿en concepto de qué recibe esa pensión?

Porque no se trata aquí de pensiones alimenticias para los hijos, sino de pensiones compensatorias. ¿Compensatorias de qué?

¿Por qué un señor que se separa o se divorcia tiene que seguir manteniendo a su ex-esposa, o indemnizarla? Si la indemnización es un dinero en que se da en concepto de reparación de un daño, ¿cual es el daño que hay que reparar?

¿No tienen esas mujeres manos y cerebro para trabajar?, ¿no tienen una cabeza para aprender como aprende todo el mundo?, ¿en qué concepto se entiende que un divorcio le da a alguien derecho a vivir de la otra parte a perpetuidad?

Estas cosas eran normales en el franquismo, cuando la mujer había pasado treinta años metida en casa y tenía que tragar lo que le echaran porque no podía ir a otra parte. Entonces había que conceder una pensión compensatoria para evitar que el dinero condujese a la esclavitud. De acuerdo. ¿pero ahora?, ¿por qué seguimos con la misma canción cuando la mujer se ha incorporado plenamente al mercado laboral?, ¿por qué seguimos entendiendo que a una mujer la tiene que mantener el marido cuando ella puede trabajar si quiere?

A mí lo que me parece es que por aquí hay mucho concepto medieval de virgo roto que hay que pagar, mucha idea enquistada de que una mujer sin un hombre no sirve para nada y que hay que mantenerla porque es una inválida que no se vale por sí misma.

A mí me parece, la verdad, que este concepto es un insulto y un ultraje para la mujer de hoy en día, que estudia, trabaja, se esfuerza, y tiene medios y capacidad de sobra para alcanzar las metas que persiga.  La mayoría no van a quejarse, por supuesto, porque eso de vivir del esfuerzo ajeno y recibir un dinero por nada es algo que resulta agradable, y hasta goloso, pero lo cierto es que son estas cosas las que imposibilitan la verdadera igualdad.

Pero las que ponen la mano nunca creyeron en la igualdad, me temo. Es mejor poner la mano a ver lo que cae.

Porque en este país, cuando se trata de poner las mano ya no existen ni principios, ni convicciones, ni lógica que valga.

De la dignidad no se come, trabajar es de pobres y la igualdad es sólo para las pancartas. Al fina es sólo eso.