Dicen los judíos que la culpa nunca es del ratón, sino del agujero en la pared, y yo creo que lo de este agujero nuestro ya empieza a sonar a cachondeo, con rechifla y corte de mangas en tres idiomas. Ya no vienen solamente suramericanos en avión, decididos a no utilizar el billete de regreso; ya no sólo vienen los inmigrantes en pateras, con mujeres embarazadas para dar a luz en España y poder traerse luego al resto de la familia: ahora vienen de la India y de Ceilán, atravesando medio mundo para dejar su barco en el mar a la espera de que los recoja el más tonto del planeta y parte de la Vía Láceta.

Porque no me digan que de la India hasta aquí no hay países y continentes, pero vienen aquí porque hasta tierras tan lejanas ha llegado la noticia de que hay un país de majaderos en el que no hace falta desembarcar, porque van a recogerte.

Somos el desmelene. Nos mandan cayucos desde África sabiendo que no pueden llegar porque están seguros de que iremos a recogerlos. Instruyen a la gente en la necesidad de destruir la documentación porque saben que aquí no hay coraje para hacer otra cosa que no sea admitir a todo el mundo y encogerse de hombros.

Y no hay coraje. No hay vergüenza. No hay la más mínima intención de hacer cumplir la ley. Porque si la ley de extranjería nos parece injusta, pues la cambiamos por otra que permita primero entrar en el país a todo el que busque una vida mejor, y luego en nuestra casa al que busque una casa mejor, y finalmente en nuestra cama al que busque una cama mejor. Pero el caso es que el Gobierno, este y el anterior, en lugar de cambiar la ley permiten que todo el mundo se la pase por el arco de triunfo. Y cuando la ley se vulnera de manera habitual, no se erosiona sólo la ley incumplida, sino el concepto mismo de legalidad, y surgen así las corruptelas, las corrupciones, los abiertos mamoneos y las acumulaciones inauditas de billetes de quinientos euros en las cajas de seguridad. ¿Que la ley no es para ellos? Pues tampoco para mí. Eso van diciendo, uno por uno, todos los que tienen algo que ganar o algo que perder.

Y a ese paso nos estrellamos.

Nos estrellamos porque está demostrado que cada inmigrante genera un fascista en el país que lo recibe, y pronto veremos aquí a la extrema derecha crear un partido fuerte o hacerse con posiciones en los partidos establecidos.

Nos estrellamos porque el sistema legal pierde credibilidad y eso nos acerca cada día a la ley de la selva, en la que ni hay garantías para trabajar, ni para vivir, ni para invertir un duro.

Nos estrellamos porque cuando se permite que los demás aprovechen tu buena fe para reírse de ti, al final es también la buena fe la que cae en el desprestigio, y aquí se ríe de nuestras patrulleras humanitarias, y de nuestros centros de acogida hasta el lucero del alba.

Pero no. Es mejor no entenderlo y soltar la gran chorrada de que ningún ser humano es ilegal. ¡Pues claro que ningún ser humano es ilegal!, y por eso no hay que suprimir a ningún ser humano; lo que es ilegal es su presencia aquí, y por eso hay que combatir esa presencia a toda costa. O eso o cambiar la ley y que nos corran a boinazos en Europa.

Pero qué va. Ni lo uno ni lo otro. Aquí a ser chupilerendis y a vivir del talante, mientras los empresarios se forran con la mano de obra semiesclava y la clase obrera ve menguar su salario real cada año. Y a eso los liberados de los sindicatos le llaman socialismo. Y la patronal, más contenta que en su vida.

O sea: la izquierda haciéndose la loca a ver si con más pobres tiene más votos y la derecha frotándose las manos porque de esta quedan ricos para tres siglos.

Genial.