A veces, demasiadas veces, los problemas económicos tienen causas sociológicas, y son las sociedades las que hacen imposible resolverlos, por su mecánica de incentivos, menosprecios y trabas constantes. Por eso son presisamente sociedades: porque ejercen influencia sobre la vida inedividual.

En España necesitamos innovar, pero los españoles parece que somos reacios a apoyar las iniciativas que se muevan en este sentido. El viejo aserto “que inventen otros” sigue más vigente que nunca, y no sólo por vagancia, dejadez o aversión al riesgo, sino también por una especie de imaginario colectivo, apegado antes al catolicismo y hoy a ese nuevo catecismo de la falsa ternura, el humanitarismo de barra de bar y el “to er mundo é güeno”.

Los españoles seguimos creyendo que la pobreza es una condición moral, y que ser pobre es bueno mientras que ser rico o querer serlo es malo. ¿Quién va a querer invertir nada así, cuando desde niño te dicen que ese que tiene algo no debe ser imitado?

 Un país donde reciben más dinero las ONG de cooperación al desarrollo que los laboratorios de investigación no puede dejar de ser un país de pandereta.

Un país donde una colecta para ayudar a un colectivo desfavorecido recibe más donaciones que el mismo proyecto que trata de atajar el mal, seguirá siendo mil años un país atrasado.

Un país donde despierta más interés ayudar al enfermo que curar la enfermedad es un país profundamente enfermo en su tejido social.

Ambos aspectos son necesarios, por supuesto, pero todos los que nos movemos en el campo de la opinión pública y la publicidad sabemos que el español prefiere al que sufre antes que al que piensa.

 Sabemos que al español le gusta más la caridad que la justicia.

 Sabemos que al español le gustan tanto los pobres, los oprimidos y los desgraciados que cuando no los encuentra, hace más.

 Y así nos va.

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