Hay dos clases de personas: las que ven y razonan y las que sólo ven.

El mundo de la publicidad se basa en que todo el mundo ve, pero no todo el mundo razona, así que permitidme que aproveche los conocimientos, un poco cínicos, con los que me gano la vida para hablar de otro tema.

Un caso como el que ha sucedido actualmente en Japón debería servir para potenciar la energía nuclear, porque si con un terremoto 290 veces más fuerte que el de Haití (habéis leído bien sí, pero no es momento para explicarlo) sólo está pasando lo que está pasando, en vez de saltar todo pro los aires, es que se trata de una energía realmente segura.

Si con un terremoto como el ha habido en Japón se habla sólo de graves problemas y no de desastre absoluto, imaginad lo que sucedería con centrales de gas natural, llenas de conductos que transportan un material inflamable. O imaginad lo que hubiese pasado allí, o en otro sitio cualquiera, si la energía principal del país hubiese sido el gas, con sus correspondientes plantas reguladoras, almacenamientos y tuberías.

Lo que sucede en este tipo de desastres es que, por fortuna, se ven los problemas de lo que hay pero no se ven los que hubiese originado lo que no hay.

Traer el caso japonés a España es una tentación y una tontería: si aquí, o en cualquiera de los países de nuestro entorno, sufriésemos un terremoto como el de Japón, lo de las centrales nucleares iba a ser lo de menos, porque no quedaba en pie ni en el Naranjo de Bulnes. La consecuencia aquí para la energía atómica de un terremoto como el japonés serían como las consecuencias de un plaga de viruela en el cementerio. O casi.

Lo que pasa, como siempre, es que vemos con los ojos y opinamos con lo que vemos. En mi opinión, si razonásemos, tomaríamos una de estas dos soluciones: o cerrar las nucleares que hay, por viejas y obsoletas, o construir otras tantas, pero nuevas y más seguras.

Lo peor que podemos hacer es seguir en el puñetero término medio, como ahora