Extremadura...

Me gusta Extremadura y tengo unos cuantos amigos extremeños, así que me molesta que esa tierra se haya convertido en estos días en una diana de feria por el referéndum sobre si la gente prefería toros o trabajo. En realidad, esa consulta popular ha alimentado el sensacionalismo más barato y ese placer tan nuestro de hablar mal de los demás sin pararnos a pensar.

Por eso, como conozco un poco el asunto por medio de uno de esos amigos, voy a tratar de romper una lanza a favor de los extremeños, que ni son holgazanes ni más cainitas (si acaso menos) que el resto de los españoles.

Lo cierto es que se preguntaba si con 15.ooo euros de presupuesto la gente prefería que se organizaran las corridas de toros de las fiestas o se creasen puestos de trabajo. Pero resulta que la gente no es idiota y se dio cuenta enseguida de la jugada. ¿Qué puestos de trabajo se crean con 15.0oo euros? Uno, y posiblemente no por un año entero. Y peor aún: ¿de veras se va a crear ese pueso de trabajo o nos venderán uno ya creado como “el del dinero de los toros” y en realidad están cambiando toros por nada?

La gente desconfía de los políticos y prefiere lo que puede controlar a lo que queda a juicio del político de turno. Si se votaban los toros, habría cientos de visitantes en los pueblos, se movería la economía y se disfrutaría la fiesta. Si se votaba trabajo, que era la intención de los convocantes para meterla doblada, se qwuedaban sin toros y se contrataría al que se iba a contratar de todos modos.

Porque hay un truco: si se contrata a alguien es para que haga algo, ¿no? Si hay algo que hacer, se le contrata igual. Y si no hay nada que hacer, ¿para qué se le contrata?

Por esos pueblos, la gente es de todo menos incauta y vieron la jugada: era dejar las cosas como estaban para quitar los toros, y crear además un precedente para, por el mismo camino, ir quitando otras cosas. Y lo vieron claro: reciortes sí, pero no con mi voto. No me jodas.

Por eso votaron toros.

Y quizás tengamos que darles las gracias por poner, de una buena vez, un freno al populismo que lleva al rebaño donde le parece a fuerza de obligar a elegir entre cosas que no tienen nada que ver.