Graves errores

Todos sabemos que el sector de la comunicación está peor que nunca para trabajar en él, y que en los medios, los que han logrado sobrevivir, se siguen sustituyendo profesionales, por becarios, becarios por voluntarios y voluntarios por lectores con ganas de llenar un hueco.

Sobre ese tema hay mucho que hablar, y sobre el modelo de negocio, y sobre la clase de sociedad que se genera a partir de la premisa de que la información debe ser instantánea y gratuita. Quedaos sólo con un síntoma: si el periodismo no da dinero, sólo mantendrá en pie las empresas editoriales quien pretenda sacarlo por otro lado. Sólo puede hacer un periódico gratuito quien obtiene sus ingresos en publicidad o en favores. Es obvio, pero mucho prefieren no verlo.

Lo que algunas empresas y grupos políticos no habían contabilizado en sus previsiones es que la los periodistas en paro, o retirados, o dedicados por necesidad a otros menesteres, no nos pueden ya presionar, ni amenazar con despedirnos, ni solicitarnos de un modo u otro que tratemos mejor o peor a esta institución, a esta multinacional o a este partido. A los periodistas alejados de la profesión nos da todo igual, sabemos muchas cosas, conocemos a mucha gente, y podemos publicar ahora lo que nos dé la gana por el simple expediente de abrir un blog o hacer una llamada.

Con los periodistas en paro sucede un poco como con los agentes del espionaje soviético, que al verse despedidos se pasaron a la mafia, al narcotráfico o a la seguridad privada, y como iban muchos pasos por delante de las fuerzas de seguridad de la mayoría de los países, se convirtieron en un peligro de primera magnitud. El caso de los periodistas no será tan grave ni tan dañoso, sino todo lo contrario, o eso creo. Pero los políticos, los partidos, las grandes empresas y hasta algunas instituciones pequeñas, deben entender que poner en la calle a quien lleva veinte años asistiendo a los plenos e informándose de los pormenores de lo que se cuece en la trastienda no puede redundar en mayor seguridad para ellos. Ni en mayor silencio.

Matar al mensajero es malo. Intentar matarlo de hambre, puede ser desastroso.

Pero no aprenden.