Ahora que está tan de moda el cuidado del medio ambiente y el reciclado de residuos, quiero contaros una anécdota de hace veinte o veinticinco años. Sucedió en la localidad leonesa de Bembibre y sólo recuerdo que el protagonista se llamaba Carlos y era aficionado al modelismo.

Carlos podía haber ganado mucho dinero recreando chalés y urbanizaciones para las empresas constructoras pero, que yo sepa, sólo hizo dioramas históricos, sobre todo de la Segunda Guerra Mundial y las batallas napoleónicas.  Eso, y unos cuantos aviones confeccionados con varillas metálicas y el plástico de las tapas de los tambores de detergente. Cuando terminaba la estructra de los aviones les añadía motor de gasolina y radiocontrol para hacerlos volar luego ante el regicijo de los chavales como yo.

Por entonces era un tipo ya mayor, de pelo blanco y muchas arrugas en el entrecejo, así que es muy posible que ya haya fallecido. Vayan de cualquier modo mis saludos para Carlos.

El caso, y a eso iba, es que un día, en una discusión con otro modelista sobre la técnica, la habilidad y el gusto artístico de un diorama, Carlos presumió de ser capaz de hacer cualquier cosa en el campo técnico, aunque le fallaban otras  componenetes para considerarse un verdadero artista en vez de un loco artesano. No recuerdo cómo degeneró el asunto, pero sí que desembocó en una apuesta sobre si sería capaz o no de reparar una bombilla fundida.

Lo que sí recuerdo es verlo después cortando con infinita paciencia el cristal de la bombilla, empalmando los dos extremos sueltos del filamento y volviendo a pegar la bombilla. En ese momento pensé que la operación estaba ya concluida, pero faltaba lo más difícil: practicar al cristal un diminuto agujero y extraer del interior de la ampolla todo el aire que fuese posible. Su método fue sencillo: calentó la bombilla en un infernillo eléctrico y cuando estaba ya muy caliente obturó rápidamente el agujero con una resina especial que utilizaba para sus maquetas.

Luego probó la bombilla en un flexo y cuando se encendió, un amigo mío y yo rompimos a aplaudir.

El otro apostante pagó gustoso las cañas comprometidas. A Carlos, a mí y a mi amigo. Hoy seguramente sería delito, pero fueron las primeras que tomé en un bar y por eso las recuerdo.

¿Se anima alguien a igualar este récord?