Periódico de 1873

Cuando nos ponemos estupendos para hablar de la crisis, a todos se nos escapa alguna vez la comparación de la situación que vivimos con la gran depresión de 1929 y el crack de la Bolsa de Nueva York. Sin embargo, la situación actual tiene muchos más puntos en común con lo que se dio en llamar el Grunderzeit y la larga depresión, aunque en otros medios se le llame simplemente el pánico de 1873.

En mi opinión es a esa época de nuestra historia  donde debemos dirigir la vista para evitar caer en los mismos errores, en lugar de buscar ejemplos en situaciones que no son equiparables y que, por tanto, no nos van a enseñar gran cosa.

Vamos a ver de qué iba, porque seguramente ni siquiera os suena a muchos de vosotros. Ni a mí, hasta que no me hablaron del tema y me informé.

El pánico de 1873 es como se llama a la oleada de desconfianza financiera iniciada en los USA en1873, después de que quebrase Jay Cooke and Company, un importante banco de Filadelfia. O sea que todo empezó con la quiebra de un gran banco, como sucedió ahora con Lehman Brothers. La crisis que esto provocó, con el anquilosamiento de los mercados y de los préstamos, hizo desplomarse a muchas bolsas de los países desarrollados, lo que dio lugar a una larga depresión económica de la que no se comenzó a salir hasta 1879, y sólo gracias a la pujanza de las nuevas tecnologías impulsada pro la segunda revolución industrial.
Como curiosidad, y para que sepáis de qué se quejaba entonces la gente, hay que reseñar que las principales consecuencias de esta crisis fueron el abaratamiento de los productos, por el exceso de producción y los grandes excedentes generados y la rebaja en picada de los salarios para tratar de competir con los países que fabricaban a bajo coste y para tratar de competir por los depauperados mercados.
La consecuencia final, por cierto, fue la renuncia a la globalización y al librecambismo, volviendo cada país al sistema de tasas y aranceles que se había relajado o abandonado entre los años 18500 y y 1870.
Por tanto, quizás deberíamos preguntarnos si vale la pena seguir jugando a la oferta y la demanda con quienes no tienen las mismas normas de calidad o laborales que nosotros. Si vale la pena seguir compitiendo pro unos mercados que en realidad no dan beneficios y si de veras, realmente, vale la pena subir la productividad de unas industrias que, produzcan lo que produzcan, no tienen donde venderlo.
La historia es lo que tiene: que lleva a extrañas reflexiones…