Las cosas se han puesto tan feas que esta semana he tenido tiempo de leer en la oficina. Lo peor del asunto ha sido que han caído en mis manos dos novelas que no he podido dejar aparcadas y he seguido leyendo en casa, con todas las consecuencias perniciosas que algunos casados adivinan y que no voy a detallar.

Lo mejor ha sido, sin duda, que estos dos libros me han sacado de los problemas diarios para devolverme al campo de las ideas, un campo que abandona uno sin darse cuenta y al que cuesta regresar. Las dos novelas son poco conocidas, así que me quedan pocas esperanzas de discutir sobre ellas con otros lectores: una es La Justicia de Selb, de Bernhard Schlink, y la otra El Gris, de Javier Pérez.

Los autores y las épocas en las que se escribieron los dos libros no pueden ser más distintas, pero curiosamente, curiosamente para mí que las leí seguidas, plantean el mismo interrogante: cuando un ser humano está al borde de sus fuerzas, ¿qué fuente de energía es más poderosa, el amor o el orgullo?

En la justicia de Selb se nos habla del orgullo de un viejo que sabe, siempre ha sabido, que se han burlado de él. En El Gris, un policía persigue a un asesino porque sabe que es de clase alta y dejarlo escapar le recuerda las humillaciones de su infancia humilde.

Los dos aman y los dos se aferran al amor, ¿pero es bastante el amor para movernos o hace falta una pizca de odio, de soberbia y de orgullo para ser verdaderamente libre? 

El amor puerde mover el mundo, pero sólo en la misma dirección en la que ya avanzaba, sin cambiar su rumbo. Para que las cosas cambien, para que se enderecen, para que dejen de despeñarse en el abandono, o en la injusticia, el amor no basta, o eso me temo. Un asesino puede matar por amor o por orgullo, y un policía puede seguir su pista por rencor y no por sentido del deber, pero ambos sentimientos se confunde de tal modo que se ha creado una palabra para unirlos en un sólo concepto: el amor propio.

Y hay otra diferencia: el que se siente abandonado y encuentra el amor, a menudo le da la espalda a l mundo y se desinteresa por él. El que se siente vencido y recupera su orgullo, nunca: encara su entorno y lucha. Sin embargo, el amor suele ser creativo y el orgullo destructivo, autodestructivo muchas veces.

Unidos son de temer.

Si hay que elegir uno, permitidme que hoy me quede con el orgullo. Como Selb, como el comisario de El Gris, como Cyrano tal vez…