Manifestante exigiendo el fin del gobierno

Lo mencionaba en el artículo de hace unos días y ahora empiezo a temerme que pueda llegara tener razón: hay un término medio entre el triunfo de una revolución popular y su absoluto fracaso, y es el hecho de que el pueblo siga protestando pacíficamente en las calles mientras el dictador sigue durmiendo tranquilamente en su palacio presidencial, sin que ninguna de las dos partes se decida a ser la primera que opte por la acción violenta.

El buen rollo pacífico tiene estas cosas: el que está en el poder lee las pancartas desde la ventana y si el acristalamiento es bueno, no tiene por qué soportar más molestia que esa. Si el ejército se limita a mantener la tranquilidad, la tranquilidad, por su propia inercia, mantendrá en el poder al que ya estaban, o sea, al dictador.

Lo único que necesita el dictador en estos casos es tener controlados a los aspirantes a su puesto que puedan surgir dentro del propio régimen y mantener la calma. Porque la gente se cansa de manifestarse. La gente no vive en en un palacio y tiene que ir a trabajar, o volver a su casa. La gente tiene un aguante limitado y si ve que no consigue nada con sus protestas, o se radicaliza o se despera, lo que lo lleva a tomar medidas más violentas, y a dar pie a una represión justificada alegando la infiltración de grupos radicales o terroristas entre los manifestantes pacíficos.

La actual dinámica de creer que limitarse a gritar puede acabar con una dictadura bien organizada no es más que una ilusión óptica. Los dictadores no temen a los manifestantes pacíficos ni a la gente que baila en las calles. Temen a la presión internacional, a las sanciones y a la acción del ejército o de grupos organizados con capacidad REAL de actuación. Un presidente democrático puede temer a los votantes si el país se paraliza, ¿pero un dictador? No es lo mismo.

El caso egipcio no se ha cerrado aún pero mucho me temo que nos saldrá caro a todos: va a servir para que los gobiernos aprendan que con cerrar las ventanas basta. O eso, o para enseñarnos a todos la dolorosa lección de que las revoluciones son sangrientas, violentas y muy arriesgadas para todos.