Resumen: un tío con una lanza...

Supongo que ya os habéis fijado, pero cada vez es más habitual que los asesores de imagen y de campaña de los políticos estudien qué es lo que hay que decir para que la gente entienda lo que quiera entender sin necesidad de darle ninguna pista real en el mensaje, y por tanto, sin necesidad de comprometerse.

Y el fenómeno no sólo se extiende por el mundo de la política, sino también por el de los negocios, donde las ofertas y los contratos son cada días más difusos, y hasta incoherentes, con el fin único de no comprometer servicios reales y evitar que el usuario o consumidor puedan presentar reclamaciones.

¿Y de qué va la cosa? De no concretar. De ofrecer impresiones y no ideas. De ofrecer intuiciones y no raazonamientos. La base de este sistema está bien clara: todo el mundo tiene instintos, pero no todo el mundo piensa, o al menos no todo el mundo es capaz de un acercamiento asnalítico a lo que se le propone.

Da igual hablar de Don Quijote Campeador que de El cid de la Mancha. El oyente se queda sólo con un hombre a caballo, lanza en mano, y no piensa si es personaje real o inventado, si castellano o manchego, si mercenario cristiano o hidalgo empobrecido con la sesera licuada por las malas lecturas.

El mensaje no puede durar más allá de veinte segundos (según los más optimistas) ni el razonamiento puede ocupar más de dos frases. A partir de ese punto, si se encuesta a los receptores del mensaje, se descubre que no han entendido nada más que las impresiones vagas del mensaje, y es ahí donde se incide: en que las impresiones, no las ideas, sean agradables y asumibles, formando una imagen a la que quiera sumarse el receptor.

Es la base del storytelling: no hace falta entender, sino desear pertenecer a ese grupo e identificarse con el personaje que vive el mensaje. Y par eso  hay que ser muy cuidados y evitar los falsos amigos y los sobreentendidos que necesitan una explicación para comprenderse. Hay que evitar al hombre que acaricia niños, porque en vez de un abuelo puede ser un pederasta. Hay que evitar la palabra firmeza para que no entienda represión. Hay que evitar mencionar precios, para que el dinero se vuelva difuso, sin posibilidad de compararlos con la nómina que nos llega a fin de mes.

En ese sentido, estamos como en la Edad Media y los constructores de retablos: al pueblo le sobra con una imagen para crear devoción, pero las escrituras sólo pueden leerlas unos pocos elegidos. Y cuando ese se perdió, el chiringuito religioso empezó a irse al carajo. Y no quieren que la historia se repita ahora con el dinero…