Tumulto

La lógica es algo que tengo claro: el Gobierno actual está lo bastante pringado como para que la situación actual se lleve por delante a muchos de sus miembros, incluido el presidente Rajoy, pero la situación actual no nos permite convocar elecciones, con la carga de incertidumbre política que eso acarrearía.

El encaje del término medio puede pasar por muchas opciones, pero la petición de la izquierda de convocar elecciones anticipadas es un simple intento de ganar tiempo frente a una mayoría absoluta de los conservadores que les perjudica gravemente y que, creo yo, debería seguir perjudicándoles más aún en el futuro. Y no hablo de un deseo propio, sino de una expresión de confianza en el futuro.

En un momento como el presente, de gravísima zozobra económica y de desafíos soberanistas, es necesario tener un Gobierno a la altura de las circunstancias, y no una banda de gente que cobraba sobres en negro para redondear unos sueldos con los que el resto de los españoles ni siquiera podemos soñar.  Aún así, o precisamente por eso, la solución no puede pasar por añadir más debilidad  las instituciones, más inestabilidad a nuestra política y más incertidumbre a nuestra economía. La solución, al que sea, tiene que ser otra necesariamente sin permitir en ningún caso y pase lo que pase, que los aventureros ganen terreno.

Es triste, pero si pensamos en términos de conjunto, en este momento son preferibles los chorizos a los aventureros. Rajoy debe dimitir, y con él buena parte de su plana mayor, plagada de exdirectivos de eléctricas, de bancos quebrados y de todas las porquerías imaginables. Rajoy debe marcharse, por su cobardía, por su diletantismo, por recibir sobres o no despejar suficientemente la duda sobre si los ha recibido, por su incapacidad para llevar a cabo verdaderas reformas que no se queden en nada, por su incapacidad para cumplir y hacer cumplir la ley.

Por todo eso y mucho más, el actual gobierno debe marcharse. Pero en un país no presidencialista, donde se vota a los partidos y no a los candidatos personalmente, eso no significa no una llamada a las urnas ni una oportunidad para los que esperan tomar el poder desde el berrinche, el alboroto y la pancarta. Ofrecerles semejante opción señía un precedente demasiado grave que llevaría a más alborotos, más pancartas y más vocinglerío.

Hay que sanear las instituciones, pero con los métodos y los mecanismos de quienes creen en ellas. Hay que sanear y limpiar la vida política, pero desde la vida política.

Los antisistema se llaman así porque están contra el sistema. Y si están en contra del sistema, para cumplir con su propia naturaleza, deben estar fuera de él. Hoy y mañana. Permitir que, desde fuera, influyan en lo que se hace dentro es un error que no nos podemos permitir si no queremos caer en lo que habitualmente lleva aparejado esta conducta: el enfrentamiento en las calles, la doctrina del que más grita o el que máss rompe, o el triunfo del que resume toda su ideología en buscar el modo de quedarse con la bicicleta, la casa o la mujer de su vecino.

 

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