Lo cuenta Gunther Grass en una especie de memorias en las que explicaba una historia sobre cada año del siglo XX, pero ahora mismo no recuerdo el título.

Niendorf es una localidad alemana en el mar del Norte y, como todas las de la región, sufrió los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta ahí, todo es normal.

El caso es que en marzo de 1947, dos años después de acabar la guerra, se desató un gran temporal marino y las autoridades del puerto, cumpliendo con su obligación, hicieron sonar las sirenas para avisar a los barcos de que debían volver a puerto y para que los sevicios de emergencia acudieran a sus puestos por si eran necesarios.  La gracia del asunto está en que  no habían cambiado las sirenas, seguramente porque bastante tenían con reparar lo destruido como para fijarse en esos detalles, y las sirenas que avisaron del temporal fiueron las mismas que se utilizaban para avisar a la población de los bombardeos durante la guerra.

El resultado fue tan gracioso como sintomático: a las tres de la mañana y bajo el viento y la lluvia, cinco mil hombres y mujeres se presentaron  en los puestos que tenían asignados. Unos en el parque de bomberos, aunque ya había bomberos profesionales, otros en los hospitales de emergencia y otros en las emplazamientos de las piezas de la artillería antiaérea, aunque hiciera ya dos años que no había ni hiospitales de emergencia ni artillería antiaérea.

Fue una especie de sonambulismo colectivo en el que miles de personas pasaron por alto que la guerra ya había terminado y que las sirenas tenían que significar otra cosa.

Fue ante todo una muestra impresionante de eso que llaman “cohesión social”, que es la capacidad de las sociedades para funcionar tácitamente, sin necesidad de órdenes ni presiones, para defender el bien común. Mirad ahora a vosotros mismos, como yo hago, o mirad a vuestro alrededor, y quizás comprendamos todos por qué unos países son capaces de salir de la crisis sin apenas perder empleo y en otros convertimos cualquier bache en abismo a fuerza de prtetender que sea el otro el que vaya, que sea el otro el que empuje, el que piense, el que invierta o el que trabaje.

Aquí, me temo, saldríamos a la calle si las sirenas suenan en algún sitio lejano. Si el que lo está pasando mal es el vecino, ese que se joda.

 Y así nos va.