Acabo de recibir una carta de un cliente diciéndome que a partir de enero cierra, y me he preocupado de veras. Me he preocupado porque no se trata de un hotel, ni de una fábrica, ni de una zapatería siquiera: se trata de un estanco. Como hace años que nos tratamos lo he llamado por teléfono para saber qué pasaba y me dice que no vale la pena tener el local ocupado con un negocio que deja lo que está dejando su estanco. Que no vale la pena estar todo el día allí, y pagar autónomos, y la electricidad y todos los papeles trimestrales para no llegar a ganar, limpios, setecientos euros al mes.

Y no se trata de que la gente fume menos, porque el estanco es tabaco, pero también es muchas más cosas. Y no es que me importen más los estancos que cualquier otro negocio, que no, sino que me parece muy grave como síntoma.

Todos sabemos que el medio rural y las ciudades pequeñas están muy mal, pero cuando quiebran los estancos hay que pensar que la crisis es más profunda de lo que creemos. Nos hablan de recuperación, de previsiones, de brotes verdes y de la luna en verso, pero el caso es que la gente dispone cada vez de menos dinero libre para gastar, resulta que el que puede, como las eléctricas, o el estado, sacan su tajada fija de nuestros bolsillos dejándonos cada vez más cerca de aquella esclavitud que consistía en tener lo mínimo asegurado y ni un milímetro de libertad.

Cuando quiebran los estancos es que el país, lenta pero imparablemente, se está yendo a tomar por el saco proque la gente, el paisano de a pie, se está haciendo cada día más pobre. 

E insisto: no es el hecho. Es lo que delata.