El poderoso y la ley

El poderoso y la ley

Hay un pueblo por aquí, que no mencionaré para no meterme en líos ni tener que demostrar lo indemostrable, en el que se ha prohibido aparcar en toda la calle principal, lo que viene a suponer más de la mitad de la localidad. Hasta ahí, podemos estar de acuerdo o no, pero la cuestión verdaderamente interesante es que la prohibición se utiliza como castigo político, pues se permite aparcar a los afines, haciendo la vista gorda, y con la ley en la mano se multa a los díscolos.

A veces tengo al impresión de que muchas regulaciones, demasiadas, están pensadas con esta misma estrategia: hacerlas cumplir a los que no son afines, de modo que se encarezca el desarrollo de su actividad, y permitir que se las salten los amigos, o aquellos que paguen, bajo mano, el soborno correspondiente.

Lo que en principi0 parece preocupación por regular la vida en común, oculta, en el fondo, el deseo de controlar la vida de los demás, sacar tajada, y generar una barrera de entrada a la competencia. Las grandes multinacionales, por ejemplo, quieren que se regulen todo tipo de aspectos a la hora de abrir y explotar un hotel (por poner un caso), pero no es por defender los intereses del viajero, ni los del sector siquiera, sino por que saben que ellos disponen de la influencia suficiente para conseguir saltárselas a la torera mientras los demás tendrán grandes dificultades y grandes costos para cumplir esa reglamentación, a veces surrealista.

¿Otro ejemplo? Algunas zonas verdes. Los planes urbanísticos se cansan de añadir zonas verdes a las nuevas urbanizaciones, y aunque eso está muy bien y lo aplaudo con toda mi alma, luego vemos que nadie las ajardina, ni las cuida, ni las convierte en otra cosa que no sean escombreras, secarrales y pedregales espantosos. ¿Y por qué? Porque se trataba de encarecer cada metro cuadrado del que podía vender solares en aquella zona reduciendo la superficie total edificable, en vez de crear verdaderas zonas para disfrute de la gente.

La táctica es antigua: hacedlos a todos culpables y encarcelad sólo a los que os convenga, dijo el romano Sila. La proliferación de reglamentos, normas, planes y supuestas garantías va por ese lado, creo yo, más que por la verdadera defensa de los ciudadanos.

Y lo peor es que a menudo son los más amantes de la libertad los que defienden esas reglamentaciones.

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