Una bici cualquiera

Hace unos cuantos años decidí que tenía que hacer más ejercicio. No podía ser que con treinta y tantos estuviese ya fondón, y además estaba lo de la salud, que a esa edad nunca parece tan importante como verte hecho una mierda en el espejo, pero siempre cuenta.

Entonces estuve pensando si sería mejor hacer footing por ahí o darle al ciclismo, y la bici me pareció más interesante: porque además de hacer ejercicio vas al campo, no te molestan los conocidos que te encuentras y hasta puedes hacer alguna que otra cosilla sin gastar gasolina.

La bici costaba cuatro duros, así que eso no era problema. Pero el primer día que la dejé en el portal, al fondo, porque llegué con prissa, tuve una bronca con el presidente de la comunidad de vecinos. Acabé teniendo que llevarla al garaje, con el coche, pero allí no había donde atarla, y era un lío. Y además un coñazo para entrar y salir.

Luego vino mi novia a decirme que tenía que comprarme un casco, porque no podía andar por ahí sin casco. Y tenía razón.

Luego vino un amigo policía, este para ser concreto, y me dijo que me buscase unos reflectantes y un faro, aunque fuese de quitar y poner, porque si se me hacía de noche era un peligro…

Luego tuve que comprarme un chándal, porque de ropa deportiva no es que anduviese precisamente surtido.

Luego vino mi madre y me dijo que antes de hacer ejercicio fuerte tenía que mirarme la rodilla, porque bla, bla, bla… (no os aburro con mis lesiones juveniles).

Luego vino mi socio y me dijo que no eran plan ir a ver a un cliente todo sudado, y que eso de ir a quince kilómetros a hacer una visita estaba bien, pero no se podía llegar a visitar a un cliente en chándal y sudado… Y lo mismo si iba pro la tarde a la oficina, por supuesto.

Y así, sucesivamente. Ya no recuerdo qué más pegas me pusieron, casi todas razonables, pero el caso es que fueron tantas y era todo tan complicado que acabé pasando de la bici. Y de ahí, a gordo, dos pasos.

Y en el mundo de la empresa pasa lo mismo: que si una consultora para la ley de gestión de datos, que si los mil impresos de Hacienda, que si los mil impresos de la Seguridad Social, que si la ITV de los vehículos, que si un plan de riesgos laborales (tiene cojones la cosa en una agencia de publicidad), que si la ITV del edificio, que si hay que tener dos bañós distintos para lso trabajadores, que si etc., etc., etc…

Al final, ni de coña lo de abrir una sucursal en otro lado. Ni de coña lo de contratar más gente. Ni de coña lo de abrir otra empresa de otro tipo con otro socio.

La idea, esa idea tan higiénica y brillante de que hay que hacer las cosas bien o no hacerlas, lleva  finalmente , en muchos asuntos, a que  es preferible no hacerlas porque en caso contrario agotarían completamente nuestras energías a fuerza de exigencias y requisitos. Y así es como acabamos gordos, en el paro, y sin hijos.