El otro día os hablé del chulo de empresa, el tipo al que contratan para que se  pelee con un compañero al que cuesta mucho despedir y poder así ponerlos a los dos en la calle.

Comentando ese tema con unos amigos, me hablaron de otro puesto de trabajo curioso: el chivo expiatorio.

En el pasado, una conocida red de grandes almacenes (Galerías Preciados) tenía algún chivo expiatorio contratado, o eso cuentan, y en la actualidad hay algunas empresas que siguen contando con este puesto tan curioso, aunque no se pueden citar marcas concretas porque es imposible de demostrar que el cometido concreto de un trabajador sdea este y no otro, otro cualquiera, que figure en su contrato.

El chivo expiatorio es el encargado de echarse la culpa de todo cuando alguna cosa no ha funcionado debidamente y un cliente o proveedor presentan una reclamación contra la empresa. Su trabajo consiste en llamar al reclamante, decirle su nombre y apellidos, responsabilizarse de todo, disculparse hasta el infinito y rogar, suplicar que no se siga adelante con la reclamación porque en caso contrario perdería su trabajo. Con alguna gente funciona y con otra no, pero el porcentaje de lo que obtiene con sus gestiones paga sobradamente su salario, que según dicen es alto, y deja grandes beneficios a la empresa que lo contrata.

Además, el ego del cliente sube bastantes enteros, pues pasa de ser alguien engañado y humillado, a ser alguien que graciosamente ha perdonado a la empresa a cambio de que se le arregle el problema. Porque el chivo expiatorio tiene bastante margen de maniobra y puede dcirle al cliente, por ejemplo: si su tele no funciona, yo le pago otra, y ya está, pero retire la reclamación, que si no me despiden. La tele ya la pago yo, que prefiero eso a quedarme sin trabajo… Y así, hasta donde nos llegue la imaginación.

No sé vosotros, pero yo creo haber tratado ya con uno de esos chivos expiatorios, concretamente en ONO, por una gran pifia que me hicieron.

Y lo confieso: piqué.