Tras la batalla

En principio simpaticé ampliamente con el movimiento 15 M y hasta participé en algunas de sus asambleas, pero poco a poco me he ido apartando de ellos, y no porque esté menos indignado o porque coincida menos con sus intenciones, sino porque tengo la impresión de que está lleno de gente que ni se moja ni piensa hacerlo, convirtiendo así las protestas en una especie de Disneylandia política, donde todo el coste es personal y todas las aspiraciones, colectivas..

En mi opinión, el movimiento padece un error de concepto que puede por acabar siendo desmovilizador y alcanzar a todo el ámbito de las protestas ciudadanas:  la ausencias de interlocutores. Cualquiera, de cualquier signo, que solicite algo a un poder establecido tiene que dotarse de los mecanismos necesarios para rentabilizar la presión que ejerce sobre las autoridades. Mientras no sea así, la interpretación está muy clara: lo distintos grupos que forman el movimiento tienen distintos intereses, y conceder cualquiera de sus reivindicaciones no satisfará a nadie. ¿Y por qué se va a conceder algo a una gente que nunca se dará por satisfecha? No hay razón para ello.

Si se veras se pretende alcanzar algún objetivo y no sólo dar voces, hay que mojarse el culo. Hay que decir lo que se quiere, quién lo pide, y quién negocia. Lo contrario es unilateralidad, eludir riesgos y escaquear la responsabilidad de lo que salga mal por el simple mecanismo de decir “no me representan” cada vez que algo se pifie.

Los sindicatos y los partidos políticos, y hasta la Iglesia, arriesgan su nombre y su organización cuando afirman algo o hacen declaraciones. ¿Pero cual es el coste para el movimiento 15M de decir cualquier parida? Ninguno. Y donde no hay coste no hay credibilidad. La lógica líquida de los nuevos tiempos no puede pasar por no tomar decisiones no nombrar representantes, pues en caso contrario acabaremos dando argumentos a los que dicen que no se puede dar nada a los que nada piden, ni se puede hablar con quien no nombra un portavoz.

En este país el poder verdadero está en la mayoría silenciosa que ni se manifiesta ni va a asambleas, y en un principio apoyaba a los jóvenes que se mostraban hartos de la situación, pero a medida que pasa el tiempo y no se concreta nada, esta mayoría silenciosa quesimplemente observa se desengaña de este colectivo, y lo que es por, hace extensivo su desengaño a cualquier protesta callejera, desactivando cualquier movimiento ciudadano futuro.

Exigir es movilización. Exigir mil cosas a la vez y ninguna en concreto, sin nadie con quien negociar, es desmovilizador. Cualquiera de los muchos entendidos en la materia puede explicarlo. Y en el 15M hay gente que lo sabe, pero de momento parecen incapaces de solucionarlo.