El inventor de la gran idea...

Unas veces nos pasamos de paranoicos, buscando conspiraciones por todos lados y otras parece que estamos dispuestos a creernos cualquier cosa que nos echen con tal de que sea un poco morbosa y de que la difunda la persona adecuada. Y no es que dude de los documentos que se han publicado hasta la fecha, ¿pero por qué vamos a pensar que los siguientes serán auténticos?

El fenómeno Julian Assange y Wikileaks tiene un importantísimo lado positivo de combate contra el oscurantismo de los poderes tradicionales, pero también contiene un peligro de consecuencias incalculables: si nos acostumbramos a dar por bueno todo lo que se publique en esa página, considerando que su procedencia es la que dice ser, corremos el riesgo de que nos metan el mayor gol de nuestra vida, y utilizando precisamente una falsa filtración a Wikileaks.

Ojalá no suceda nunca, pero ahora que ya no cuela la treta de la guerra de Irak y sus armas de destrucción masiva, ¿qué pasaría si apareciesen en Wikileaks documentos hablando de los planes iraníes para desatar una guerra atómica? Es un ejemplo, y no el mejor ejemplo, pero creo que ilustra a la perfección el peligro del que hablo.

Cuando nuestra credulidad pasa de un cierto límite, el poder se aprovecha. Y no importa dónde pongamos esa credulidad, si en un líder, una religión, o una página web. Si nos pasamos de crédulos, nos la meten.

No es la primera vez: Heydrich consiguió que Stalin fusilara a 50.000 militares rusos con una idea como esta. O sea que ojo y, por favor, venga de George Bush o de Julian Assange, no perdamos nunca el sentido crítico.

O estamos perdidos.