Estos días nos levantamos con noticias sobre revueltas y manifestaciones en Túnez y Argelia. Los manifestantes son jóvenes desesperados por el desempleo, la corrupción, la falta de expectativas y las ausencia de libertades políticas. A mí me parece que tienen razón en todo, y me parece también que hemos tardado mucho aquí en enterarnos de una revueltas que duran ya algún tiempo, y que, cuando nos hemos enterado, se trata el tema con una frialdad sospechosa. 

Esta frialdad informativa, creo yo, se debe a una grave pregunta sin responder: ¿de veras queremos que haya democracia en el Magreb?, ¿de veras nos interesa que Argelia y Túnez sean países que gocen de libertades y democracia?

La respuesta, acallada con demasiada frecuencia por toda clase de intereses, es que seguramente NO.

 No nos interesa la democracia en Argelia, por ejemplo, porque es uno de nuestros principales suministradores de gas natural, y es más fácil negociar precios para este recurso con un gobierno que no sufre presiones de ningún tipo y que puede ofrecer condiciones ventajosas a cambio de condiciones ventajosas para una serie de personas concretas. A eso se le llama corrupción, sí, pero la corrupción nos interesa porque es más fácil sobornar a un grupo de dirigentes que pagar lo suyo a un país entero. No puedo hablar más claro.

No nos interesa la democracia en el Magreb porque sabemos que en una elecciones libres y limpias los partidos islamistas obtendrían enormes cantidades de votos, convirtiéndose en un peligro para nosotros y para la estabilidad de la zona entera. Sabemos que en Argelia ganaron las elecciones los islamistas y que fueron barridos de un plumazo por un golpe de Estado aplaudido, apoyado e inmediatamente reconocido por Occidente. ¿Qué sucedería ahora? Probablemente lo mismo, pero ampliado. Y en Túnez igual. Y en Marruecos, si no estuviese pajo la bota de un rey déspota y opresor.

Sabemos lo que nos interesa, pero no podemos decirlo en voz alta. No al menos, mientras simulemos creer en la ética, los derechos humanos y todas esas cosas que son cada vez más una versión de la llegada de los Reyes Magos.

Sin embargo, es bueno recordar que mentimos. Aunque sólo sea para no caer en el infame vicio de mentir a solas.

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